Un ángel me sacaba algo de los ojos en idioma neutrálgico, se dejaba abrazar apenas  y me mostraba la miseria circundante,  otro me  abrazaba de verdad, casi como un hombre, con tristeza de demanda eterna-incompleta y señalaba su  guitarra. Solían dormir juntos, abrazados y sin mí.  Los dos me llamaban, me repartían, me concedían,  me extraían (me traían) me amaban, me sitiaban.

Y con los dolores percibidos en silencio y las manos abiertas – (yo lo ví, yo los ví…)- ayer se miraban sin decirse, se despojaban por un rato en ese unísono extraño, silencioso, por un rato nomás, me soltaban. Me entregaban dulcemente  y sin resistir  a quien pudiera abrazarnos a los tres.