Me digo que uno se esconde cuando piensa que los demás lo están mirando.  Me digo que uno intenta la desaparición semi suicida transitoria y a término vencido cuando ha determinado la importancia que le cabe como ese que es, en un mundo que intuye atento a su ausencia posible justo en fecha, como una mujer menstruada. Ya no a su presencia, que descarta, sino a la posibilidad  osada  de estar afuera ahí y en lo previsto.

Por eso, ya, ahora, sonrío  desde lejos cuando alguien corre las cortinas.

Qué optimista, me digo entonces, en catálogo precario porque apenas sé su nombre.  Qué responsable pasa a ser, sin desearlo,  de esta ternura infinita que  me sube a la garganta y le contesta que no importa.

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