diciembre 2009


como un gato sin dueño?

Hay que buscar primero un vino blanco, un chardonnay, de ser posible, y ponerlo a enfriar. Después se prende el horno, a las papas (separemos una para cada uno si somos varios y que sean medianas, alargaditas, de piel blanca…) hay que lavarlas cepillándolas  en una frotación prolija, decidida, aséptica, para que la tierra, habiendo ya cumplido, las abandone completamente y nos las entregue. Apenas, entonces y ya secas, unas gotas de aceite de oliva intenso y una pizca de pimienta negra—así, como un besito—y un tajo en cruz insolente hecho con el cuchillo antes de envolverlas, una por una, en papel de aluminio. El horno las espera en una placa que ya está muy caliente, se sabe, para dejarlas ahí, una al lado de la otra. Brillantes, ocultas, crepitosas. Una hora después, una exacta hora después les hundo un atrevido palillo fisgoneando, me reciben tiernísimas y las voy sacando. Las espero, espero la recuperación de los cinco minutos establecidos para que la temperatura se rinda y retroceda sólo un poco, despacio, como una pasión vivida y sojuzgada. Tengo una panceta color rosa, contundente, para picar en pedacitos, queso crema, crema de leche, hierbitas varias. El olor profundo e invasivo del tomillo y el orégano se mezclan para perfumar, en una oleada prepotente que me dá la certeza de que cada uno tiene lo que al otro le falta. Lo fuerte y lo rústico, lo leve y lo amargo, lo que necesito en una justeza que solamente lo sensorial prescribe. Las abro ahora sí, de a una, dejándolas en su misma cama plateada palpitante. Donde estaba la cruz, el interior de la papa hirviendo casi, está latente como si tuviera un corazón mordible  y tenso. Con una cuchara pequeña y redonda le voy quitando lo que me ofrece, dejo una pared apenas con la cáscara, voy socavando, me adueño del adentro y lo desarmo en un puré casi infantil, suave para mezclar con lo que reposa en hilera y en potes: la crema fresca, el queso untuoso, la panceta, las hiervas, y ahora sí, la sal en lluviecita con la pimienta esperando el turno. Le devuelvo a cada papa, entonces, otro corazón más generoso, voy rellenando hasta colapsarlas , hasta que parezcan-(parecen)- flores rebosantes.

“Tiempo de la coronación”-pienso. Tengo cerca el parmesano en hebras y las voy colmando de a puñados a cada una, dejando que casi se derrame en los contornos que el papel limita. Van al horno otra vez, ahora como nidos luminosos, en sumisión, un rato más. Vuelvo a mirarlas luego del gratín perfecto y culminado. Porque ya se me ofrecen, casi, con una cubierta dorada y crujiente, en expectación.

Elijo una al azar. Ahí la sirvo y antes de probarla, respiro hondo, la huelo, me mojo apenas los labios con el vino frío, siento el cristal y lo pongo cerca. Le hago un ambiente exquisito, sí, para el placer de invadirla y devorarla despacio, en porciones pequeñas y perfectas, para que lo exquisito mismo se deje, dejemé…para que la deliZia sea.

Me digo que uno se esconde cuando piensa que los demás lo están mirando.  Me digo que uno intenta la desaparición semi suicida transitoria y a término vencido cuando ha determinado la importancia que le cabe como ese que es, en un mundo que intuye atento a su ausencia posible justo en fecha, como una mujer menstruada. Ya no a su presencia, que descarta, sino a la posibilidad  osada  de estar afuera ahí y en lo previsto.

Por eso, ya, ahora, sonrío  desde lejos cuando alguien corre las cortinas.

Qué optimista, me digo entonces, en catálogo precario porque apenas sé su nombre.  Qué responsable pasa a ser, sin desearlo,  de esta ternura infinita que  me sube a la garganta y le contesta que no importa.