La hicieron acá,  en Santa Fé,  el Sábado pasado. Viniendo,  claro,  de Buenos Aires. La presentaron  en ATE-CASA ESPAÑA,  lo que ahora es un Teatro y  que antes fue el  viejo Cine Roma.

Hacía rato que no veía algo tan sensitivo. Sensitivo todo, tocante hasta la última fibra de ese receptáculo en  donde se guarda lo que más absorve en nosotros: donde hay como un dar vuelta la cara a  eso de lo que no nos queremos enterar.

En el primer Acto,  Arturo Illia, ese viejo médico bondadoso y obsecado, mal vestido y estudioso que cuidaba pájaros y curaba gente gratis en Cruz del Eje, y que un día fue Presidente de la Nación,  está en sus últimos días,  tirado en la cama de un hospital, con una valija a un costado donde tiene sus cosas.  Donde duerme su único par de zapatos.

 Su hija, Emma, le explica que tienen que hacerle estudios, que está internado para hacerse estudios, y él  le pregunta asombrado cómo van a hacer para pagar.  Pasan después, en los actos posteriores, el relato de Emma sobre sus padres, las escenas de su vida familiar, las de su trabajo político, las de su ascenso a la Presidencia, y las de la Infamia que siguieron a eso, y  que  no todos conocen:  sus valentías en la confrontación con las imposiciones del imperialismo yanky, sus negaciones a la entrega de pedazos del país para salvar negociados previos, su resistirse a las mieles de un poder que no le interesaba más que para el beneficio del pueblo.

Su austeridad, su “sopita con bifecito” de todas las noches que espantaba a cuanto funcionario invitaba a cenar. La forma macabra en que la prensa y los grupos de concentración económica,  convencidos por políticos traidores,  armaron su “tortuga”.

Así,  un día los militares sacaron  al viejo Illia de la Presidencia, no sin antes matarle a todos los animales (perros, gatos, conejos) a los que alimentaba en las  mañanas  casi como si fuera un símbolo.

El último acto vuelve a él, tirado en esa cama de hospital. Una pantalla de frente al público va pasando escenas  en blanco y negro, escenas conocidas por todos, escenas desgarradoras de tiempos del país  no tan lejanos.  

Y  el viejo Arturo, ahí, ya casi muriendo en esa cama, le grita a su hija una frase que  es más que una pregunta,  más que una advertencia, que un resúmen de su valijita y de sus únicos zapatos y de su vida sin brillos.  Es algo que vá más allá de él mismo, es  como un emblema de lo que pasa en ese momento en  la pantalla, donde transitan esos pasajes patéticos de historia que todos miramos hipnotizados  y que muestran a los rápidos bichos  defenestradores de tortugas de  la Dictadura Militar, a  las dolientes  Madres de Plaza de Mayo en su ronda de los Jueves, a los chicos muertos de frío de la Guerra de Malvinas.

Lo grita así, un minuto antes del telón y que es el minuto del llanto de muchos, del aplauso explosivo e impresionante:

EMMA!!   ¿QUIEN VA A PAGAR TODO ESTO??

Ni siquiera lo que los libros que te honran digan  que te quedamos debiendo,  vale lo que ha valido tu decencia, lo que ha costado tu dignidad, Arturo.