Las cuatro de la tarde de un día tórrido, y acaba de llegar, bañada por el sudor de un día terrible y con la piel morena más bruñida aún por las cuadras caminadas, Graciela, mi empleada doméstica, una criolla robusta y bonachona que por supuesto habla de sí misma en esa categorización, “empleada”, sabiendo a partir de mí que no merece (nadie) el apelativo vulgar de “sirvienta” que tanta gente usa  como fácil denominador para quienes trabajan como ella. Viene, como suele hacerlo a veces, con su nieta llamada Celeste.

Es muy joven Graciela, aunque su aspecto sufrido y rudo y los siete añitos de Celeste desconciertan;   madre precoz y a la sazón abuela antes de los cuarenta, apenas un clásico de los avatares tempranos comunes de la marginalidad en la que le ha tocado vivir. Hablamos ambas de vidrios para limpiar, de ropa para lavar y de plumeros que hay que renovar, y ahí, justo ahí te aparecés, descalzo y con el shorcito azul ése que deja en muestrario tu delgadéz de niñito difícil que come solamente lo que elige. No sé por qué, algo en tu ceño fruncido y en tu expresión de advertencia repentina me palpita extrañamente. Aspie, te conozco hasta en los preludios.

Irrumpís en la conversación sin saludar a nadie, mirás alternativamente a abuela y nieta, y así, sin anestesias, y con una cierta extrañeza reflexiva, les decís a ambas:

“_Pero…¿por qué SIENTO que Ustedes dos son POBRES ?”


Nuestras adultas bocas se silencian, y se perfilan en una atónita “O”.

Y yo SIENTO, Dios…(yo también SIENTO) …la necesidad de un mágico botón autopulverizante, o tal vez de un gran agujero, también en “O”, allí nomás, en el medio, que me trague como en los dibujitos esos que te gustan, como los de tus inventos. Como aquello imprevisible y salvador que pasa en tus películas, sí, como en tus siniestros, extraños  y archirelatados cuentos.

———————————-——————“Aspergers: Uno cada 1.300

————————————————-http://apirronarse.com.ar/asperger/ (¡ Gracias, Vad…!)

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