En Cine Club, a veces y últimamente, me suelo encontrar con sorpresas admirables como ésta. Ahí está en cartelera “ La culpa de Fidel”, ópera prima de la realizadora Julie Costa Gavras, hija del popular director griego de cine, Costa Gavras Revolución para afuera y Revolución para adentro, para afuera con el coraje y la resolución plausible de los idealistas que se debían la posibilidad de poner un dejo de redención o de segunda oportunidad a la impronta de sus vidas. Y hacia adentro, mal manejada por ese mismo par de padres confusos que, entre otras arrebatadas decisiones en las que la infancia es solamente receptor y apéndice de los cambios ideológicos, sin derecho a respuestas coherentes y definidas, imponen un modelo nuevo abruptamente y sin la menor pedagogía, pretendiendo amoldamientos instantáneos e  ignorando de ex-profeso el  sufrimiento filial, entregándolo, por qué no, a la causa.

Una escena me resume, tal vez, la hora y media de butaca. Allí cuando en la mitad, esos padres llevan a Ana, con sólo nueve años de una vida hasta ayer burguesa y acomodada que ha debido trocar de manera repentina y sin anestesias, a una manifestación política para mostrarle lo que es “el espíritu de grupo”. Allí, llegando, con la cámara tomando la escena desde abajo, desde la altura de Ana (su mundo de nueve años visto desde abajo) las piernas de todos son árboles sofocantes, los gritos de protesta la aturden, la aterran, la enloquecen y más luego, cuando todo se desmadra, el miedo y los gases lacrimógenos la paralizan a punto tal que alguien debe arrastrarla para alejarse de la policía que reprime. Ella, después, sin entender, abrumada todavía, le reprocha ese momento atroz, esa vivencia cuyo sentido no existe para ella, a su padre devenido contestatario. Y él le replica a los gritos que aunque ahora no lo comprenda, ESTO se hace también POR ELLA.

–“-¿¿¿ POR MI ???”—le responde y le pregunta con un cuasi alarido  desafiante Ana, estupefacta en una niñez donde el laconismo torpe y tácito de las explicaciones adultas las hace precisamente infantiles, inseguras, incompletas…ilógicas para su pequeña vida con  resabio de aula católica reciente.

No hay respuesta tampoco aquí, en su padre valiente, hombre nuevo empecinado ahora en el cambio social pero incomunicante para aquella a quien crió hasta ayer nomás con otras pautas. Y la cámara sigue sus pasos nerviosos y remata su portazo. Si ya antes para Ana era difícil crecer, a partir de allí hay que seguir intentándolo con ella, como un espectador solidario, arrastrando la retórica hasta la escena final.

Y ponerse a llorar cuando llega.

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