Ya se sabe y se sabía, en cierto modo, pero decirlo así, con los ojos cerrados, me recordó a otro tiempo en el que tampoco los abría. Un tiempo diferente, donde los sentidos explotaban en capullos apenas sostenidos, en latencias que no eran de uno solo: y cómo, había que ver, el tacto y el olfato pergeñaron esa alianza indestructible que fue soborno y treta y armadura, todo a la vez. Lo caliente podía ser, en dos minutos, lo deliciosamente tibio, lo ardiente consumir mucho más de lo que había para después quedarse ahí, embelesado, atónito, sintiendo desde adentro las últimas gotas del placer. No los abría y era para que se quede (quedate) y quedarme donde nadie se queda-quedaría, para anidar donde cualquiera hubiese huído, donde cualquiera hubiese puesto las pupilas fijas en la renuncia inevitable ante la debacle constante, ante el golpe avizorado de lo que en el círculo desata y estalla, no los abría para poder sentir ese otro escalofrío más profundo sin ver nada y ahí, también, la confianza extraña, traidora e instintiva en la pared que parece que resguarda pero que se viene encima y es inexorable y ya se sabe.

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