Arrastro y me arrastro con lo que arrastro en el agobio desde hace casi un mes, habiendo de-ci-di-do este quiebre terminal, siguiendo un punto que quiere ser  afuera y no sé por qué me desliza para adentro. Un mes entero con la convivencia consensuada para que nadie tenga que salir corriendo, consensuada por poco tiempo más, tragando hasta que llegue el momento preciso en que pueda irse a siendo echado de, y que no sea tan violento todo, porque los niños están mirando.

Las mañanas son las más difíciles, temprano me informo a mí misma “ahora  viene la parte en que le digo lo que pienso”,  esa  en la que le vomito las indignaciones recalcadas por años como un ramo de claveles podridos, (¿la Casa Chica y la Casa Grande?),  en que él pone cara de no-puedo-evitar ser-como-soy, en que me acuerdo de esos otros que me dicen con los ojos entornados de telenovela que va a cambiar, (¿?), en  los que  intentan rescatarme de mis negaciones sin que yo haya pedido nada, en que hacemos números solemnes, en que hablamos de vender los gananciales, en que él pone cara de aterrado y  se opone “para no perjudicarme”, en que él en el fondo no me cree, en que paso del humor árido a la ferocidad del desinterés absoluto, en que pienso en cómo nos protege el desamor.

Pero igual es todo enorme y merece un desarmadero genuino, no esta parodia de gente civilizada que se está separando en dosis y que-tiene-hijos, pero es Enero y todo agobia y  no quiero  ni siquiera analizar demasiado por qué tantas cosas de muerte postergada y conocida no dejan de doler siempre  tanto. Se puede empezar a morir y no me parece extraño, pero qué raro que me suena terminar  de morir.

En un ratito,  en menos de un verano.

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