Algunos consejos para enloquecer a sus hijos —                   Por Luis Guillermo Blanco – (gracias, Luis)             

Es sabido que el vínculo del hijo con su padre y madre hace a la constitución de su aparato psíquico, permitiéndole crecer psicológicamente sano. Y también lo es que la distorsión provocada de esta interrelación, que desconoce las necesidades del niño, le ocasiona un costo emocional severo.  Pero si esto a usted no le interesa, porque acaba de separarse de su cónyuge o porque está en trámite de divorcio o ya divorciado/a (pero no lo ha elaborado) y ejerce la guarda de sus hijos, si usted se encuentra desequilibrado/a (y no lo reconoce, porque el “malo” es el otro y usted sólo está “un poco nervioso/a”), si desea descargar su agresividad contra su ex esposo/a y mortificarlo/a por medio de sus hijos, puede hacer lo siguiente: cuando su “ex” vaya a ver a los chicos, dígale que recién llegaron de algún cansador paseo, que están sucios, fatigados y hambrientos y que tienen que bañarse, cambiarse y comer algo (si no, hágales dormir una siesta) y que los espere. Tal vez su “ex” se enfade o se aburra y se vaya.

Si su “ex” recurre a un abogado y este último lo cita a alguna reunión destinada a acordar un régimen de visitas (RV), no vaya. Busque pronto a su abogado, apele a su imaginación, victimícese y cuéntele alguna siniestra historia en la cual los chicos se hayan visto involucrados y afectados por culpa de su “ex”. Tal vez le crea y, así, cuando lo demanden por fijación de un RV, usted podrá contar con alguien que lo “defienda” por el “mejor interés” de los niños (o sea, el suyo).

Ínterin, niéguese a mantener cualquier diálogo con su “ex” (si él la llama por teléfono, cuélguele y ponga el contestador automático). Trate siempre de que los chicos lo prefieran a usted. Aprémielos a tomar partido y genéreles así un “Síndrome de Tupac Amaru”: un auténtico descuartizamiento psíquico de niños desgarrados por conflictos de lealtades y tareas imposibles de resolver. Dígales discretamente lo malo/a que es su “ex”: recurra a los discursos peyorativos que guste, y si por casualidad aquél/la se hubiese visto involucrado/a en alguna contingencia poco grata (un accidente, una detención policial, etcétera), hágaselos saber. Si esos hechos fueron publicados en algún diario, no se olvide de mostrárselos y de leerles esas noticias, así se enteran de qué “clase de persona” se trata. Tal vez lo/a repudien. Y así usted logrará cumplir con su ansiado anhelo, que no consiste en que los niños no vean a su “ex”, sino que no lo/a amen. Pero, si alguno de sus hijos sufre alguna extraña enfermedad (vg., otitis a repetición, como mecanismo de defensa para no escuchar más barbaridades), no se preocupe. Para algo están los pediatras.

Si se señala alguna audiencia para la fijación de un RV provisorio, consiga algún certificado médico para intentar justificar por qué en tal fecha los chicos no pudieron salir con su “ex” y plantee que esas salidas implican cierto tipo de riesgo para los niños. Al contestar a la demanda, usted puede alegar que su “ex” padece de alguna perversión sexual, vg., tendencias incestuosas. Obtendrá un efecto maravilloso: su “ex” deberá demostrar que no sufre tales desviaciones, a la par que se suspende el RV, con lo cual usted logrará distanciarlo/a por un tiempo considerable de sus hijos.  Puede ser que sus artimañas fracasen, que se fije un RV, y aun que lo/a aperciban o denuncien penalmente por el delito de impedimento de contacto paterno-filial (ley 24.270). No desespere. Permita las visitas de ahora en más y seguramente no será sancionado/a. Y si ha formado nueva pareja, si no lo hizo antes, impóngasela ahora a sus hijos. Llévelo/a a dormir a su casa y haga todo lo posible para que los niños se lo comenten a su “ex”, a fin de que monte en cólera. Entrene a sus hijos para que se desempeñen como “espías”: que inquieran todo lo que puedan con respecto a su “ex”. Luego, interróguelos tipo Gestapo. Si no, empléelos como “correo”, a fin de que le envíen a su “ex” mensajes verbales o metacomunicados. Después, averigüe si él/ella “acusó recibo”.  También puede cambiarlos de escuela en medio del ciclo lectivo sin consultar previamente a su “ex”. No importan la desadaptación y el estrés que los niños padezcan, pues ellos son flexibles y usted manda. Y si su “ex” practica alguna religión, adopte usted otro culto, adoctrine a sus hijos e indúzcalos para que le demuestren a su “ex” lo equivocado que está en sus creencias. Puede llegar a provocar algunas discordias espectaculares.

Todas estas sugerencias están basadas en casos reales. Algunos señalados por especialistas (Francoise Dolto, Eva Giberti, etcétera); otros, publicados en los repertorios jurisprudenciales, y algunos más en los que nos hemos desempeñado como abogado de parte. Por lo tanto, si otras personas ya lo han hecho, usted también puede hacerlo. Pero si sus hijos sufren regresiones o disociaciones, si presentan problemas de aprendizaje y/o de conducta, cuadros depresivos, etcétera, no se queje. No lo haga porque usted ha logrado plenamente su objetivo: enloquecerlos. 

                                                                        

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