A los que se han roto la cabeza entre los libros, buscando una salida al problema ajeno.    A los que no se resignan y se van a estudiar, caminando muy despacio, gacha la cabeza, con los puños cerrados y la boca crispada, lucubrando caminos posibles, exprimiendo cansancios,  porque saben que no pueden ponerse a gritar por la Injusticia ante un estrado. Que eso no es de buen abogado.   A los que aún en la decencia, tienen vergüenza de cobrar su trabajo porque sienten que abajo sale sangre.  A los que nunca, pero nunca han asumido esa vieja reflexión que dice que el derecho es un revólver que hemos aprendido a usar a instancias de otros. A los que no han lucrado y han amado, protestando, las aristas de esta profesión nuestra, solitaria, vertiginosa, criticada… Querida.

A mis colegas, los verdaderos advocatus, antes de que se extingan…

¡Felíz día!

 

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