Los carteles que dicen “llegada”. Las gomas borrando nombres que eran indelebles, se decía.  La variación  inconclusa, repentina de furia acuartelada,  los vientos bebidos sin permiso al que se queda sin aire.  Al que se calla para no.   Así, torpemente atropellando, así pasando y no pasando, cada recuerdo temprano remite al gesto antiguo, me confirma lo mismo que alguien dijo de la fe: no querer saber la verdad. Al silencio hay que merecerlo, debe ser por eso. Y apenas digo nada.  Apenas, que no hay más.

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