En el camino ese,  por donde por estar a salvo  me suelo sentir descalza y muda, leí que Claudia habla de su nona (con una sola “n”), de su querida nona muerta, y  dice “me he descubierto con el teléfono en la mano, mirándolo fijamente  y   preguntándome cómo hacer para llamarla“,  y nada más que eso me hizo pensar si no será que cuando se produce esa fisura tempoespacial, ese tildado confusional  fantástico  y sin sentido para lo humano, es precisamente cuando hay alguien, en otro no-lugar-(un espíritu nostálgico, tal vez, trémulo  e inseguro) – que revolotea queriendo llamarnos a nosotros. Ahí nomás, y por haber sentido lo de Claudia en la piel misma,  esa idea suya  en paralelo me  remitió a mi propia abuela, también, que no era nona, claro que no. Ni  con una “n ” ni con dos, demasiado se bancaba que le dijeran abuela. Porque más allá de los parentescos filiatorios, “abuela” era sinónimo de vieja, y el hecho de que hubiera pasado el tiempo la condenaba bastante en lo que ya no se podía, en lo que para ella ya se había terminado. El abuelaje era para su narcisismo como si a toda esa desgracia de la vejeztud, los que no la padecíamos  le termináramos poniendo un título de pretensiones cálidas y fatídicas.  Una especie de timbrado, sí.  La abuela me había contado  que quería su tumba en tierra,  y arriba, una planta de jazmín: “¿Y tiene que ser justamente jazmín, abue? ¿Y para qué?”-le pregunté. A  la respuesta automáticamente me la dí yo misma, antes de que la abue dijera nada.   “Per jodere”-pensé-como dicen los italianos. Porque veamos,  si  hay plantita difícil de prender es el jazmín, y más donde le dá el sol en pleno, y más sin un cuidado intenso, y más sin la dedicación y las pautas jardineriles, y todo eso, menos que menos en un cementerio. Qué cosa, esto de dejar fantasear a los viejos, esto de convalidar sus morbos…¿qué fobia a los efluvios mortuorios tendrá la abuela pensando en su final, que lo quiere exorcizar así con un jazmín? ¿Llevarse eso, querrá lo que para mí es absurdo, llevarse  para sí y para sus huesos la ilusión del perfume póstumo en forma de conjuro?”  Debe haber sido pero se murió Matilde, la abue, y le puse en la tumba una plantita de jazmín sabiéndolo seco en breve, seco e inexorable en su sequedad de jazmín achicharrado al febo,  sabiendo y cumplimentando.

 No se secó, disculpen.  Al contrario, parece que se vino enorme. Desafiante, fragante…seis años pasaron ya y hoy es casi un árbol, me dijeron, y digo que  me  dijeron porque yo no volví a ir.  Y no sé,  lo pienso a veces y cuando lo pienso,   me pasa  sorprenderme como Claudia, sintiendo  que debería.  Que debería porque allí está ella, en definitiva, (¿allí está?).  Que debería,  y  de paso ver si le han dejado flores,  pulir  la placa y sacar  la gramilla. Y ya que estoy,  cortar algunos jazmines para llevarle a la abuela. No me olvido de  ella, de que no sé por qué me pide una planta de ésas  para su tumba, cuando muera.

Anuncios