Debo decir que María Kodama es de esos personajes que nunca me cerraron del todo, que nunca me inspiraron la simpatía y el respeto  que le profesan otros, seguramente motivados por  la asociación borgiana que su nombre implica. Debo decir que el entusiasmo de los cronistas intelectuosos por entrevistarla cuando murió el viejo George me fastidiaba;  me fastidiaba toda ella, en fin, desde  su corte de pelo  en escuadra de blancos fideos derramados  hasta su constante reivindicación subliminal por “lo oriental”, y por aquello de  “cómo nos entendíamos con Borges”.  Detrás de cada frase de la Kodama yo adivinaba otra, no sé por qué,  que era para mí la verdadera. Siempre, pero siempre supuse un alter ego ávido en María Kodama. Así,  por  acompañar a una  amiga tuve la ocasión de sufrir una conferencia que dió hace años,  aquí en Santa Fé, en el paraninfo de la Universidad, el escenario de un petit papelón inolvidable para mi amiga   pero mucho más para mí a pesar de los años que pasaron.

 Es que soy proclive a eso, he descubierto con el tiempo. Al ridículo, a la metida de pata, a la evidencia absurda provocada por lo que tengo de temerario y lo que tengo de despistada. Nada como la fusión de la audacia con la distracción, el ir hablando sola enojada recordando algún incidente desagradable  y contestar un saludo de alguien que pasa  con el mismo tono, o vivir la ironía en la respuesta con sonrisa accesoria  que me dió un alumno la semana pasada, cuando le pregunté ofuscada y enérgica  al terminar una clase, si se podía saber dónde estaba el parte para firmar : “lo tiene Ud., Doctora” (me contestó, señalando  al susodicho que asomaba  entre  las carpetas y apuntes que yo misma llevaba, con los lentes que se me caían y el celular rodando por la escalera).-

Bueno, pero con la Kodama en el Paraninfo, ahí estaba yo, sentadita en una de las filas de adelante, escuchándola   en medio de un respetable número de estudiantes, profesores, autoridades y “gente de la cultura”. Aburridísima, monótona y cuasi-glacial  en su actitud distante de ninfa enviudada, en un momento de su alocución exhaló (¿de qué otra forma decirlo?) una de sus tipiquísimas frases.Ya la había dicho antes, pero no sé por qué la tuvo que suspirar también ahí.

 –“¿Borges? – dijo-…bueno…, es y ha sido lo que ya dije tantas veces: la mitad de mi alma”.

-“. . . Y la totalidad de mi patrimonio”-susurré tajantemente, en efecto ping pong.  Susurro mal administrado, siempre lo digo: salió clarísimo. Prístino y con alcance.  Aún recuerdo, cual cuchillos de improviso, un   cúmulo de miradas furibundas y movimientos incómodos de butacas cercanas en un silencio repentino y como de burbuja quieta de los que sí escucharon,  la risa tragada de mi amiga y de alguien más de aspecto hipón, sentado a mi derecha, que fué en realidad quien con toda conmiseración y reflejo solidario  se tiró hacia atrás rápidamente para que yo pudiera huir despavorida  en un minuto, en uno solo, simulando la calma de los orientales kodamos. Nunca tan bien invocados. Nunca tan largo el pasillo, la alfombra, el minuto mismo.

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