enero 2007


La pobreza es una tragedia contingente que alguien (seguro un Dios macabro) ha creado con artística delectación, haciendo que el sufrimiento de situaciones “menores” dentro de cierta  gran situación, genere un dolor que no es menor en sí mismo, pero que se termina confundiendo con el sufrimiento “mayor”  de la que le sirve de soporte, hasta disminuirlo ficticiamente  y relegarlo al lugar de “una pavada”.      Esa puntual  y “menor” situación de dolor, aisladamente considerada o en un contexto diferente, sería realmente trágica también, o bien: allí la magnitud de  su angustia se mostraría en su esplendor, si puedo usar una expresión paradójica y bien explícita.  Porque la pobreza implica la ausencia de posibilidades, de alternativas y por ende, de poder: y entonces,  esa “nada” es abarcativa de todos los preconceptos que en la mayoría de los casos son ciertos, pero que reconocen otras fuentes injustas que casi nunca se mencionan. De esta manera, la brutalidad,  la desidia, la fiaca, la falta de previsiones, entran dentro del catálogo de caracteres de, como decía mi tía Chola; “estos negros de mierda que lo único que esperan es que les den”.  Hace poco, la última inundación en Santa Fé desnudó drásticamente la realidad marginal que siempre se intenta obviar, y entonces,  la compasión inicial dió paso rápidamente  a los reiterados aforismos del catálogo.   Al drama inenarrable de vidas y viviendas perdidas se le sumaron, como pequeñas manchitas más a un tigre, otros dolores para  los sufridos inundados, dolores tal vez menores, pero  que en  otras circunstancias y para otra clase social no serían tan menores. Y  dentro de esa misma minimización, es posible ver que para el imaginario colectivo de clase media, los estereotipos sociales burgueses más arraigados, como el de la maternidad abnegada, por ejemplo, son negados a “las negras de mierda” porque no se corresponden con el pobre: la lectura usual es que las negras de mierda  tienen hijos porque no se cuidan, no se cuidan porque no saben,  o no se cuidan  porque no les importa si los tienen o no,  albergan la idea de que “después se verá”.-Y sí es cierto que hay un optimismo singular latiendo en el margen. Pero he podido ver que el optimismo de la carencia, no es solamente el clásico optimismo de la ignorancia que dá lugar a la inconsciencia: el optimismo de la carencia  suele brotar de manera fluída simplemente porque no hay nada para perder, y  es estimulado implícitamente también por el resto de la sociedad: entonces, resulta ser que estos seres inferiores tienen demasiado para lo que son, demasiado que están vivos para encima pretender una vida que no sea solamente para sufrir.       Que agradezcan.

Así, por ejemplo, y dentro de los cánones de la “abnegación materna” he sabido que  esa cosa que a todas las madres siempre nos pareció un momentito  difícil de pasar (pero prolijamente ineludible para todas) como vacunar a un hijo (¿cuándo se inventarán formas menos cruentas de  inmunizar?), trago amargo si los hay por el terror que uno sabe que despierta la inminencia de la aguja en el infante, pasa a ser, de acuerdo al protagonista,  no solamente algo cuya angustia se pierde en la angustia mayor de la catástrofe, sino que,  si el sujeto en cuestión es un excluído, la posible abnegación de la maternidad que allí asome es  susceptible de todas las dudas.  No hace mucho una clienta, humilde señora víctima del desborde del Salado, me contaba sus recuerdos y me explicaba que el momento más desesperante que vivió una vez que hubo sobrevivido, fue cuando  debió pasar por los controles médicos y  cayó en la cuenta de que  el agua le había llevado entre otras cosas innumerables, el carnet de vacunación de su hijita, que entonces tenía  cuatro años.

La nena tenía todas las vacunas, hasta las marcas tenía, -me explicaba-pero en el Hospital  me dijeron que se las tenía que volver a poner a todas.”

“-¿Pero Ud.  explicó que la nena ya tenía todas las vacunas que se piden para su edad? “-le pregunté-

“-Sí, claro. Pero me dijeron que no me creían. No sé por qué, pero no me creían. Se los juré por Dios. Cuando estuvimos evacuadas, en una semana se las pusieron a todas de nuevo, imagínese lo que ha llorado la pobrecita.    Todas, todas otra vez… Yo intenté hasta último momento que me creyeran pero me dijeron que la terminara, que era algo sin importancia, que  agradeciera que la nena estaba viva, que  peor hubiera sido que se la llevara el río. Yo la escuchaba llorar con las vacunas que para ella eran una tortura y trataba de pensar que sí, que  peor hubiera sido, pero me dolía lo mismo.  Sabe, estábamos vivas pero  ella sufría  y a mí  me  dolía lo mismo. No me salía agradecer.”

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Poemas de un día y de otro día – enero 2007

 Lento poema de sábado a la noche – anotación de luz con pluma de fierro y tinta negra – verano, ya- – agobio tras la virazón del día – perdurante – el ejercicio mitiga un poco tánto – la cada letra parece de rocío – de leche de nube – de caricia de río – desanudado, el tiempo pasa rápido y réquete rápido – eso me da alegría – alivio – celebro con lento poema – adrede, a propósito – impermanencia, hay – tránsito como de andadura – el lenguaje se queda por acá, calladito – imitándome . . .

*  Anoto en domingo ojalá poema mientras llueve agua del ojalá cielo y tengo las manos del cuerpo sensitivo puestas a disposición de la luz permanente –  Yo no sé si la luz dictará algo transmigo, digamos, querrá comunicar otra vez un consuelo – Estoy anotando a salvo de intemperie

una letra graciosa que saluda y espera y sonríe – Las

gotas caen dejándose oir de a una milagro del misterio y

allí está el poema . . . 

Una vidriera ahí, en la tele de la siesta, me muestra una playa  con gente amontonándose en un disfrute que otros deben ver, con fondo musical felíz, enérgico y  pegajoso. El calor de esa arena caminada con lentitud de ojotas en manada irradia hasta donde estoy los sudores ajenos,  y me trae también las pieles y los cuerpos y la cámara que enfoca banderitas, reposeras, viento, señoras gordas, chicas pulposas y optimistas, hombres marchitos, muchachos indiferentes, niños sumergiéndose en un mar con olas que tapan y destapan la espuma eterna, “en-rollo-desen-rollo”,  toallas, caras con gafas, todo con música estentórea, música de “qué-problema-hay”, música  de desfile de modas, de esa que habla sin decir nada de toda esa alegría que se supone y que nos supone en un mundo sin inconvenientes, en ünguentos bronceantes y  sombrillas, la untuosidad de la exhibición ahí en la tele  para que el que  mira quiera lo que ellos tienen, desee lo que ellos tienen para que a su vez también otros miren.“¡Estalló el verano!”, dice abajo, en letras rotundas, avisando que hay algo que debe energizarse aunque no quieras, arder aunque tengas calor, euforizarte aunque estés cansada, algo que te anuncia que  el goce debe  ser algo decidido y convencido aunque esté muy lejos, en el fondo, de poder asociarse mínimamente la realidad de tener el cuerpo padeciendo una temperatura tortuosa con imaginar  que se pueda disfrutar en ese lugar debajo de un sol bestial y con un calor impertérrito, lacerante,  entre el gentío mostrando lo que en invierno habían cubierto, oliendo como a betún, pisando arena hirviente hasta llegar lo antes posible a la orilla de un mar helado, arrastrando el silloncito en el que tal vez te sentarás, para intentar inútilmente leer lo que te llevaste, comerte una galletita que morderás con arena incorporada o desistir y con el viento en la cara  cerrar los ojos  y tratar de motivarte sabiéndote a vos misma en esa escena y convencerte de que eso es placer, es  placer tórrido, es alegría ardiente,  es felicidad estalladora de veranos.