Digo que me ha tocado (cuando en realidad es una opción a partir de la especialidad en que hemos derivado en todos estos años) trabajar preponderantemente atendiendo mujeres, y eso debe ser lo que me ha hecho parir esta suerte de misoginia intermitente, cíclica y a veces feroz, que me pone de mal humor cuando surge porque en el fondo, el mismo sentimiento me produce una sensación de traición a mis pares. Pero es que hay miserias que me sublevan, y cuando hablo de miserias hablo de todas aquellas poses bien mujeriles que invariablemente albergan la hipocresía y la especulación. Cuando hablo de miserias, obviamente no hablo de la que me viene a ver porque no sabe si irse de la casa o no, el marido le pega y tiene chicos y no tiene adónde ir. No hablo tampoco, por supuesto, de la que me dice que le pega bastante, pero que sabe que en realidad la quiere, él ahora va a ir a un psicólogo y ella está segura de que va a cambiar. A cambiar por ella, por el amor de ella, por los dos. Tampoco de la que fue abandonada con los hijos a cuestas, y la plata no le alcanza para darles de comer con su propio trabajo y quiere saber cómo la ley la ampara, si es que la ampara o no.

No. Hablo del vasto sector de féminas pretendidamente feministas que reconozco apenas se me sientan delante, que enarbolan banderas de progresismo tardío, con repugnancia a lo institucional y discurso psicobolche, que no se han casado por los motivos que emanan de esas convicciones y porque no necesitan de papeles, y que, cuando el barco se hunde, vienen invariablemente a preguntar qué les corresponde del sistema que han repudiado hasta el cansancio, qué es lo que tiene previsto para ellas esa estructura legal conservadora, del neto corte liberal individualista, de la que se han desentendido, y que ahora se desentiende de ellas. “¿O sea que si se muere no me corresponde nada? ¿O sea que yo viví dos años con él y no tengo pensión? ¿O sea que si nos separamos no le puedo pedir el cincuenta por ciento? ¿Ud. no puede hacer nada? ¿Y la ley para qué está?”Hablo, incluso, de esas otras que he tenido también, las que empiezan el romance con el casado “que ya tiene la pareja destruída de antes” (sic) “ella no lo supo cuidar” “era más madre que mujer, Doctora” y que con fines de conquista a ese niñito descuidado y sin sexo, pobrecito, son los hembrones rescatadores y siempre listos, que asumen dulcemente hijos ajenos, mujer previa que debe seguir siendo mantenida “mejor que no le haga faltar nada, yo no tengo problemas”, pretendiendo solamente un resignado lugarcito pequeño en la vida del amado, hasta la consolidación del poder. La consolidación del poder implicará ahí nomás la imposición del divorcio con la otra “yo no es que quiero casarme, Doctora, yo lo que no quiero es que él siga vinculado con ella”. Luego, casi inmediatamente, vendrá la urgencia para el casamiento propio, y la búsqueda del hijito para sostener el nuevo nido. Entonces, en efecto dominó: el rechazo a los retoños anteriores, y el odio específico, recalcitrante hacia la ex. Odio y rechazo nada más que porque existen, y porque existen molestan, y hay que pasarles plata. “¿No se puede hacer nada? ¿Hasta cuándo los TENEMOS que mantener? ¿Ella por qué no trabaja? ¿Si él se muere, a los hijos de ELLA les corresponde algo de lo NUESTRO????”

Degeneración del género, que le dicen. Como cuando me pongo un poco arpía, palabra que no tiene masculino.

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