He vuelto. Así anunciaba, en titular rimbombante en el diario local de su ciudad, el famoso Hombre Araña, en la película que ví a principios de año, como madre abnegada de niños ávidos de emociones cinéfilas, hundidos en conos de pochoclo.

Un peliculón para adultos, en realidad, que dice mucho más de lo que dice que dice.

Cuando estaba de civil, el enmascarado Hombre Araña era un chiquilín de 18 años de quien nadie sospechaba nada. Un estudiante brillante de Física en su Facu, y empleaducho en la redacción de un periódico. Tenía poderes naturales, el pobre, y mucha sensibilidad social.

Se disfrazaba cuando veía alguna injusticia, y derribaba enemigos a increíbles golpes de puño, patadas estratégicas de su fuerza prodigiosa, y habilidísimos enredos de la tela de araña que brotaba mágicamente de sus dedos. Pero su vida personal era un fracaso absoluto, e iba de mal en peor: por sus actividades de “Superegüe” (Patricio dixit) estaba siempre agotado para estudiar, siempre cansado para hacer horas extras y ganarse unos manguchos para comer mejor, siempre llegando tarde a las citas con su novia que lo insultaba y lo amenazaba con un reemplazo inminente. Es que los tiempos no le daban, al bueno de Araña: en esa ciudad insegura se le cruzaban tantos conflictos, tanto robo a mano armada, tanto maltrato a los más débiles, tanto asesino por las calles, que era imposible ocuparse de sí mismo sin desocuparse de los demás.

Un día, harto de los cuestionamientos propios y ajenos por su desvencijada vida, decidió renunciar.

-“Se acabó el super héroe”-, se dijo. Tiró el disfraz en un contenedor, y decidió dedicarse a sí mismo, a su propia salvación. Su vida prosperó de inmediato: con sus tiempos renovados y el descanso necesario, sus estudios pasaron de mediocres a exitosos, se lo veía sonriente, peinado prolijamente, con promesas de ascenso en su trabajo, y con el romance restaurado.

Pero todo el mundo comentaba que el Hombre Araña había desaparecido, que la ciudad ya no era la misma sin él. Todos los abusos callejeros se multiplicaron, y la gente se lamentaba por su abandono: ya nadie cuidaba la seguridad de todos, como lo hacía el Hombre Araña.-

Pero él, sordo a los reclamos radiales y televisivos clamando por su regreso, seguía impasible su nuevo proyecto de vida. Pasaban a su lado las mismas situaciones de antes, la misma violencia urbana, las mismas injusticias: entonces cerraba los ojos con fuerza, respiraba hondo y seguía su camino, diciéndose a sí mismo: “Soy otro más, no soy distinto, soy como todos, soy cualquiera”.- Llegaba todos los días a su pensión, se acostaba tranquilo y se dormía conforme, en la placidez de su convicción unificada a la conciencia colectiva.

Un día, no pudo resistirlo más. En una esquina oscura, dos enmascarados asaltaban y golpeaban a una viejecita que pedía a gritos el auxilio de los indiferentes. Se la quedó mirando unos segundos, algo se disparó en él y la indignación acaparó su voluntad, terminó con sus represiones.
Fue a buscar el disfraz al contenedor: por suerte ahí estaba, como un símbolo del desinterés ajeno. Nadie lo había tocado, en esos pocos meses. Lógico: ¿a quien le iba a interesar quedarse con esa porquería, quién iba a querer tomarse el trabajo de “ser” el Hombre Araña? Nadie-pensó-ni siquiera para un baile de Carnaval. No sea cosa que el traje esté encantado, les surja algún poder repentino, y tengan que molestarse en hacer algo.

Con la velocidad de un rayo arácnido volvió a tiempo, rescató a la ancianita, peleó contra los ladrones, esquivó puñaladas, los maniató con la tela de sus dedos mágicos y llamó a la Policía.

Después se fue caminado despacito a su piezucha de pensión, se sacó el disfraz, lo colgó con cuidado, y se acostó, agotado, en su cama. Cerró los ojos y se durmió sonriendo.

Al día siguiente, en su trabajo, contó que un anónimo le había dado un mensaje para publicar. Lo imprimió en letras enormes, acaparando la portada:

HE VUELTO “.

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