diciembre 2006


”   ¡¡¡Y BAZTA!! ¡¡Y PUNTO!! ¡¡Y ZE ACABÓ!!

¡NO ZOY UN MOCOZO!

¡YA NO TE QUIERO TANTO, Y POR EZO:

¡NO VOY A COMER NADA!

¡ME IRÉ  DE EZTA CAZA!

¡NO TE DARÉ MÁZ BEZITOS….Y….Y….

¡¡¡¡Y YA NO SERÁZ MÁZ

    MI

    CO-

   NE-

   JI-

   TAAAAAAAA !!!!! “

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Digo que me ha tocado (cuando en realidad es una opción a partir de la especialidad en que hemos derivado en todos estos años) trabajar preponderantemente atendiendo mujeres, y eso debe ser lo que me ha hecho parir esta suerte de misoginia intermitente, cíclica y a veces feroz, que me pone de mal humor cuando surge porque en el fondo, el mismo sentimiento me produce una sensación de traición a mis pares. Pero es que hay miserias que me sublevan, y cuando hablo de miserias hablo de todas aquellas poses bien mujeriles que invariablemente albergan la hipocresía y la especulación. Cuando hablo de miserias, obviamente no hablo de la que me viene a ver porque no sabe si irse de la casa o no, el marido le pega y tiene chicos y no tiene adónde ir. No hablo tampoco, por supuesto, de la que me dice que le pega bastante, pero que sabe que en realidad la quiere, él ahora va a ir a un psicólogo y ella está segura de que va a cambiar. A cambiar por ella, por el amor de ella, por los dos. Tampoco de la que fue abandonada con los hijos a cuestas, y la plata no le alcanza para darles de comer con su propio trabajo y quiere saber cómo la ley la ampara, si es que la ampara o no.

No. Hablo del vasto sector de féminas pretendidamente feministas que reconozco apenas se me sientan delante, que enarbolan banderas de progresismo tardío, con repugnancia a lo institucional y discurso psicobolche, que no se han casado por los motivos que emanan de esas convicciones y porque no necesitan de papeles, y que, cuando el barco se hunde, vienen invariablemente a preguntar qué les corresponde del sistema que han repudiado hasta el cansancio, qué es lo que tiene previsto para ellas esa estructura legal conservadora, del neto corte liberal individualista, de la que se han desentendido, y que ahora se desentiende de ellas. “¿O sea que si se muere no me corresponde nada? ¿O sea que yo viví dos años con él y no tengo pensión? ¿O sea que si nos separamos no le puedo pedir el cincuenta por ciento? ¿Ud. no puede hacer nada? ¿Y la ley para qué está?”Hablo, incluso, de esas otras que he tenido también, las que empiezan el romance con el casado “que ya tiene la pareja destruída de antes” (sic) “ella no lo supo cuidar” “era más madre que mujer, Doctora” y que con fines de conquista a ese niñito descuidado y sin sexo, pobrecito, son los hembrones rescatadores y siempre listos, que asumen dulcemente hijos ajenos, mujer previa que debe seguir siendo mantenida “mejor que no le haga faltar nada, yo no tengo problemas”, pretendiendo solamente un resignado lugarcito pequeño en la vida del amado, hasta la consolidación del poder. La consolidación del poder implicará ahí nomás la imposición del divorcio con la otra “yo no es que quiero casarme, Doctora, yo lo que no quiero es que él siga vinculado con ella”. Luego, casi inmediatamente, vendrá la urgencia para el casamiento propio, y la búsqueda del hijito para sostener el nuevo nido. Entonces, en efecto dominó: el rechazo a los retoños anteriores, y el odio específico, recalcitrante hacia la ex. Odio y rechazo nada más que porque existen, y porque existen molestan, y hay que pasarles plata. “¿No se puede hacer nada? ¿Hasta cuándo los TENEMOS que mantener? ¿Ella por qué no trabaja? ¿Si él se muere, a los hijos de ELLA les corresponde algo de lo NUESTRO????”

Degeneración del género, que le dicen. Como cuando me pongo un poco arpía, palabra que no tiene masculino.

He vuelto. Así anunciaba, en titular rimbombante en el diario local de su ciudad, el famoso Hombre Araña, en la película que ví a principios de año, como madre abnegada de niños ávidos de emociones cinéfilas, hundidos en conos de pochoclo.

Un peliculón para adultos, en realidad, que dice mucho más de lo que dice que dice.

Cuando estaba de civil, el enmascarado Hombre Araña era un chiquilín de 18 años de quien nadie sospechaba nada. Un estudiante brillante de Física en su Facu, y empleaducho en la redacción de un periódico. Tenía poderes naturales, el pobre, y mucha sensibilidad social.

Se disfrazaba cuando veía alguna injusticia, y derribaba enemigos a increíbles golpes de puño, patadas estratégicas de su fuerza prodigiosa, y habilidísimos enredos de la tela de araña que brotaba mágicamente de sus dedos. Pero su vida personal era un fracaso absoluto, e iba de mal en peor: por sus actividades de “Superegüe” (Patricio dixit) estaba siempre agotado para estudiar, siempre cansado para hacer horas extras y ganarse unos manguchos para comer mejor, siempre llegando tarde a las citas con su novia que lo insultaba y lo amenazaba con un reemplazo inminente. Es que los tiempos no le daban, al bueno de Araña: en esa ciudad insegura se le cruzaban tantos conflictos, tanto robo a mano armada, tanto maltrato a los más débiles, tanto asesino por las calles, que era imposible ocuparse de sí mismo sin desocuparse de los demás.

Un día, harto de los cuestionamientos propios y ajenos por su desvencijada vida, decidió renunciar.

-“Se acabó el super héroe”-, se dijo. Tiró el disfraz en un contenedor, y decidió dedicarse a sí mismo, a su propia salvación. Su vida prosperó de inmediato: con sus tiempos renovados y el descanso necesario, sus estudios pasaron de mediocres a exitosos, se lo veía sonriente, peinado prolijamente, con promesas de ascenso en su trabajo, y con el romance restaurado.

Pero todo el mundo comentaba que el Hombre Araña había desaparecido, que la ciudad ya no era la misma sin él. Todos los abusos callejeros se multiplicaron, y la gente se lamentaba por su abandono: ya nadie cuidaba la seguridad de todos, como lo hacía el Hombre Araña.-

Pero él, sordo a los reclamos radiales y televisivos clamando por su regreso, seguía impasible su nuevo proyecto de vida. Pasaban a su lado las mismas situaciones de antes, la misma violencia urbana, las mismas injusticias: entonces cerraba los ojos con fuerza, respiraba hondo y seguía su camino, diciéndose a sí mismo: “Soy otro más, no soy distinto, soy como todos, soy cualquiera”.- Llegaba todos los días a su pensión, se acostaba tranquilo y se dormía conforme, en la placidez de su convicción unificada a la conciencia colectiva.

Un día, no pudo resistirlo más. En una esquina oscura, dos enmascarados asaltaban y golpeaban a una viejecita que pedía a gritos el auxilio de los indiferentes. Se la quedó mirando unos segundos, algo se disparó en él y la indignación acaparó su voluntad, terminó con sus represiones.
Fue a buscar el disfraz al contenedor: por suerte ahí estaba, como un símbolo del desinterés ajeno. Nadie lo había tocado, en esos pocos meses. Lógico: ¿a quien le iba a interesar quedarse con esa porquería, quién iba a querer tomarse el trabajo de “ser” el Hombre Araña? Nadie-pensó-ni siquiera para un baile de Carnaval. No sea cosa que el traje esté encantado, les surja algún poder repentino, y tengan que molestarse en hacer algo.

Con la velocidad de un rayo arácnido volvió a tiempo, rescató a la ancianita, peleó contra los ladrones, esquivó puñaladas, los maniató con la tela de sus dedos mágicos y llamó a la Policía.

Después se fue caminado despacito a su piezucha de pensión, se sacó el disfraz, lo colgó con cuidado, y se acostó, agotado, en su cama. Cerró los ojos y se durmió sonriendo.

Al día siguiente, en su trabajo, contó que un anónimo le había dado un mensaje para publicar. Lo imprimió en letras enormes, acaparando la portada:

HE VUELTO “.