Viernes, ya sábado pasadas las tres de la matina y sin Tino, comentamos con uno de los tres Jorges esta cosa mezcla de pena irremediable y bronca extraña que me produce, a veces, ver libros valiosos en las mesas de saldos de las librerías. Ver, por ejemplo, no solamente obras clásicas con humildes encuadernaciones a 5 o 6 mangos, (días pasados, un par de títulos de Paul Eluard y un “Cumbres Borrascosas” de Charlotte Brontë a 4 pesos con cincuenta: seguramente alguna vez tuvo un precio más justificable, una Editorial ha querido allí al menos salir derecha, pero ni siquiera eso ha podido: en este país, donde la formación es cada vez más precaria, a nadie le interesa consumir lo incomprensible), sino sobre todo, libros de respetables escritores locales, talentosos, realmente buenos pero no conocidos, que con todo sacrificio hacen una tirada a un precio digno aún cuando más no sea para cubrir sus gastos, y al poco tiempo nomás los encuentro entre los saldos, en oferta y por monedas.
Luisito Bardamu me decía que él no lo veía así. Al contrario, decía Luis: que esas obras lleguen a ese precio y en mesa de saldos no implica un menoscabo al valor del libro, ni habla del desprecio evidente de la no salida en su precio originario que lo fue llevando hasta esa mesa, sino que determina que la gente sin recursos pueda tener acceso a esa cultura: todo un avance, para la mirada del Doke.
Y no nos pusimos de acuerdo. Porque donde él ve una consecuencia benéfica y popular impulsada por la casualidad, yo veo un remate donde el que se jode es un trabajador. Porque claro que me alegra que los bolsillos más precarios puedan comprarse ese libro de mi amigo escritor que conozco desde hace años, un intelectual que escribe como los dioses y con una sensibilidad que me suele dejar sin aliento. Pero lo que me angustia y me genera esta impotencia y esta mezcla de decepción y de zozobra, de humillación ajena, es que en este sistema liberal-individualista, perverso y de premeditada exclusión a los que menos tienen, la que cae como víctima también es nuestra cultura. Ahí en la vidriera reposa el Código Da Vinci, que está de moda; creo que cuesta setenta pesos y ya se agotó en la primera.
Paradójicamente, por dos pesos se puede tener el libro ése que yo decía, por ejemplo, pero el tema es que en el mercado cultural de “acceso a la cultura de los saldos de los que no pueden pagar”, como dice Luis, el Estado no subsidia nada. Siguiendo la lógica de la injusticia del sistema, a todo el esfuerzo lo ha hecho mi amigo escritor, talentoso pero sin poder, sin moda y sin recursos. Sin pena ni gloria.
Ese pobre infeliz que se hace el distraído cuando vé su libro entre los saldos: un nudo en la garganta y lleve dos.
Al precio de uno solo, para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero.
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