Juan Manuel (se sabe que es mío y tiene 10 años) va al colegio en transporte escolar, que lo busca puntualmente a las 7, 10 hs clavadas de lunes a viernes, llueve, truene o caigan meteoritos. A las 7 y diez minutos en punto se escucha la bocina estruendosa e inimitable de Fernando, el transportista, flaco y alto él, una especie de garza rubicunda. El tranporte explota de chicos que el bueno de Fer reparte en dos o tres colegios, de acuerdo a su estratégica rutina.

Cuando Fernando toca la bocina, y Juan Manuel no está del todo listo, el chico entra siempre en un pánico exagerado, con un temblor incontenible que observo sin entender. La escena suele repetirse cada tanto, porque siempre hay una campera que terminar de abrochar, o un cuaderno que quedó sin guardar, o una galletita a medio comer.

Ayer pasó otra vez, porque no encontraba un libro, y entonces hoy aprovecho que es temprano, le saco el tema y le pregunto:-“Mirá, cuando actuás con la desesperación de ayer no entiendo qué te pasa, Manu. Si estás un poquito retrasado, Fernando te puede esperar un minuto en la puerta, le avisamos que ya salís, no pasa nada por demorarse un ratito… ¿qué, acaso Fernando se va a enojar si te tiene que esperar un poco?

Juan Manuel, ya con los ojos llenos de lágrimas, me mira con cara de terror contenido y me dice en voz baja, como quien cuenta un secreto: – “No, má. El problema no es Fernando. El problema son los judíos”

-¿Qué judíos?-le pregunto.

-Los judíos-me dice- son unos chicos que Fer lleva con nosotros, a la Escuela Israelita que queda en el camino.

-¿Y qué pasa con los judíos?

-Y, lo que pasa es si me demoro, aunque sea cinco segundos, los judíos se quejan, me empiezan a insultar porque los retraso a ellos, y son re violentos y quieren pegarme, y Fernando no puede retarlos, ni decirles nada, ni yo tampoco puedo defenderme ni decirles nada.

-¿Y por qué no se les puede decir nada?

-No, má, no se puede. Porque le cuentan a los padres, y los padres hacen la denuncia por discriminación. Nadie puede decirles nada, nadie puede tocarlos, porque los padres van a los Tribunales y hacen la denuncia. Ellos lo saben, siempre se ríen por eso y nos tienen amenazados a todos. Un chico de mi colegio que va en el transporte se enojó con uno de ellos porque lo estaba maltratando porque se demoró en salir, y lo mandó a la mierda y le dijo una mala palabra, entonces los padres del chico judío hicieron la denuncia ante el rector de mi colegio amenazando con hacer un lío por discriminación.-

-Perdón, pero… ¿la mala palabra cuál fue?

-Y, le dijo “mal parido”. Pero yo no entiendo, una vez a mí también alguien me gritó eso en una pelea, y yo digo… ¿por qué yo no puedo hacer denuncia porque me dicen mal parido? ¿Hay que ser judío para eso?

-Y, sí. Quiero decir, no. Bueno, es un tema complejo, un día te lo voy a explicar. Vos, por las dudas, tratá de no demorarte nada. Dale que ya vienen y se te hace tarde.

Sale corriendo y me quedo pensando en él, hijito de mi alma. Ahí su foto, en un portarretratos me devuelve su pelo dorado, sus ojos ingenuos, su piel tan blanca, su rostro puro en el que es imposible encontrar ni la más mínima huella semita, a pesar de su abuela materna con rasgos de camello. Más bien, en otro tiempo, pasaría por un pequeño púber listo para integrar las Juventudes Hitlerianas. Y hoy, a las 7 de la mañana, sentí yo misma el escalofrío de su miedo al judío que lo hostiga. Que lo sojuzga, que lo amenaza justamente con su carnet de judío.

Cómo explicarle que la historia, en la forma de pequeños mosaicos, pasa estas facturas imperceptibles y de toda justicia, estas venganzas semi absurdas, estas ironías inexplicables para que algunos se las cobren como puedan. Para que esta inocencia de mis entrañas, ajena a otras masacres sin respuesta, me pregunte y yo pague, sin chistar, con el confuso silencio de mi vergüenza.

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