De un post de Tino Hargén, “disparado” (dice él) por otro post que le es ajeno pero evidentemente no tanto, vengo a hacer el mío como una concatenación inevitable y sin otro sostén más que el de la no ajenidad del suyo propio, que leí esta mañana. Porque me pertenece, y no me pertenece, pero esa ilógica sentida sin procesar es siempre desde esta memoria no selectiva de la que habla Tino a contrario sensu (“¡iuris!”) de las leyes de la psicología, (de las leyes), y desde mis “imágenes impresas” o frases retenidas indeleblemente y casi se diría, con carácter de permanencia en cierto modo tautológica con el olor, el murmullo del lugar y el ambiente y los ojos del que las dijo y me estaba mirando y seguro se hace cargo: “Uno-decía Tino con la copa en la mano, en la noche del “Pizza 2”-para el estructurado criterio ajeno y a partir de lo que hace, nunca es un escritor que se dedica a la arquitectura, es siempre un arquitecto que escribe”.

Y yo, de ese escritor que hace arquitectura, leo y no entiendo el fin del principio de su extraña ambivalencia para conjurar tanto camino bifurcado en arco iris, desatado en ese post, veo las formas perfectas con que el arquitecto Julio dibujó lo bebido del derrame de otro, (¿copa en mano?) la exquisita vocación que amalgama y enhebra y converge y simbiotiza y envuelve las palabras del Tino que eso escribe y eso diagrama y diseña y construye y planifica y dice.

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