Sábado a la siesta, cálido al fin, luminoso para mirar el cielo desde el jardín de mi casa.
Un parque amplio con una palmera enorme, plantas esperando primavera, el auto estacionado en la cochera, la puerta ventana que dá al parque está abierta, y el perro gruñe su fastidio encerrado en un pequeño patiecito contiguo a la galería: lo encerré porque quiero cocinar, y el olor de lo que hago siempre lo vuelve loco y me persigue con ojos de súplica.

Revuelvo la crema pastelera con una cuchara de madera, le agrego muchísimo cacao porque no la quiero gris suave, la quiero dulce intensa, negra brillante sin excusas, y escucho ladrar desesperadamente a Lula, prisionero tras la reja que lo separa de olisquear la olla con el chocolate. Ahí es donde escucho (siento) que el ladrido se vuelve casi frenético, angustioso, insoportablemente insistente, le grito un “¡Basta, Lu!”, desde adentro y no es suficiente, saco la crema del fuego y salgo no con la intención de soltarlo, sino para el apercibimiento personalizado educativo que implica pararme frente a ese cuzco enrejado y gritarle yo más fuerte de lo que él ladra, justamente para que se calle, qué paradoja.

Salgo y entonces veo, tirada en medio del parque, la bicicleta de uno de los nenes. Eso no estaba ahí, pienso. El asombro hace que mire automáticamente hacia el portón: el gabinete de la electricidad está abierto, alguien (uno dice “alguien” y suena más que como un N.N., como un no-humano, por qué será) trató de abrirlo y no pudo, seguro que para llevarse la bicicleta. El perro sigue ladrando furioso, casi llorando enloquecido.

Voy caminando hacia la cochera, y veo algo, veo a alguien bajando del auto. Alguien de unos doce o trece años, todo sucio, moreno (“un niño gris”, como dice mi hijo menor, resumiendo sabiamente algunas vidas) hilachas de ropa con agujeros y gorra: me detengo unas milésimas de segundo en la gorra, blanca, impecable y contrastante, delatora de ajenas procedencias. Se baja trayendo lo único que encontró en la gaveta después de registrarlo todo, un sobre de plástico con los papeles del auto: milésima de segundo también, pienso que él cree que le pueden servir, después de la frustración del portón. Sólo entonces me percibe y se dá vuelta, me mira aterrorizado: retrocede despacio sin dejar de mirarme fijamente, como intentando contener lo que no le voy a hacer, también entonces pienso: los mismos ojos de Lula cuando acaba de romper algo, todo él (me dirían después) semeja un animalito acorralado, gris, el sobre con los papeles se le cae, lo levanta y se lo pone en una especie de cinto que le sostiene algo que ya no es un pantalón, ahí nomás de un salto nervioso se trepa al muro que dá al patio vecino y va escalando con la agilidad de su costumbre, de su niñez corriéndole al golpe previsible, esos tres metros interminables sin dejar de mirarme con una mezcla de pánico y advertencia y ruego y valentía, lo veo que se resbala, una pierna se le tuerce en un dolor reprimido y se lastima las manos grises con los clavos de la pared en plena fuga y por mirarme y por mirarse los papeles apretados en el cinto, es ahí donde le grito:
-“¡Está bien, andá tranquilo, andá tranquilo!”

Desaparece y yo me quedo parada allí, pensando en la mirada terrible, desorbitada, enloquecida de pavura, del chico ladrón gris. Después me vuelvo a la cocina, la crema está casi fría, la veo gris también a pesar del cuarto kilo de cacao. Qué hay que hacer, me digo, ahí nomás hay que calmar al perro, hay que denunciar los documentos robados, prevenir otros sucesos (corresponde) contando el episodio a los vecinos de al lado.

Hay que suprimir (eso sí) el “andá tranquilo” que le grité en la huída al ladrón.

En tiempos inseguros, debo cuidarme más que nada de la óptica vecina: que mi locura también siga siendo una incerteza.

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