Desencajada, hoy, terminé de tildar lo último pendiente, asomando en la gaveta de los eternos insolubles. Violentos insolubles. Fuí sumando. Fuí inventándome a mí misma las custodias que no tengo. Fuí para variar, la espectadora con aplauso frenético de mis propias terminaciones, la única que entiende lo que eso se llevó de aquello.
La única que justiprecia el costo de tener valor, y no digo valores porque de moral/es no hablo por principios. Hablo del costo de tener valor, miedo al precipicio y seguir caminando “ni un paso atrás, ni para tomar impulso”, la conciencia lacerante del vacío de enfrente.

Sigo.

Algo me promete un destino debajo de este frío en los huesos.

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