Puedo ser otra cosa, me digo a veces, cuando me invaden ciertas furias. Cuando la decepción y la angustia, cuando el fracaso, cuando la gente que me agobia, cuando el sistema que me satura, cuando lo arbitrario, cuando la negociación constante a partir de lo que se sabe se devora lo artesanal y se prioriza en rédito, en triunfo por encima de lo justo, en lo justo a medias, que es lo mismo.
Puedo ser otra cosa, después de todo, a este lugar me trajeron medio de prepo, hace años, la letanía del viejo, las convicciones de otros.
Por eso digo que puedo ser otra cosa, qué vocación ni qué ocho cuartos, si yo quería ser profesora y enseñar Literatura en los colegios secundarios, con el rouge corrido, el pelo en cola de caballo y ser “la vieja de lengua” a los veinticinco años.
Puedo ser otra cosa, y no es tan tarde, en un par de añitos puedo ser Asistente Social y trabajar en la pureza ruda de un Centro Comunitario, haz el bien-sin-mirar-a-quien, a cada uno lo suyo, decía Ulpiano, o estudiar Arte, qué placer, vivir la maravilla inútil de la belleza que no me contradice, que me contempla justa e igualitaria.
Puedo hacer otra cosa, también me digo, me gusta cocinar y no es mala idea una casa de comidas, quién te dice, no hay derecho a que en este barrio no haya una.

Puedo ser otra cosa y lo suelo repetir para creerlo, aunque sé, siento-sé que ya es tarde y no hay salida.

Que lo que sea o lo que haga va a ser siempre a partir de esto que soy, que soy inexorablemente quién dijo que no por inercia, por designio ajeno, por torpeza propia, por casualidad, por auto decreto. Por órdenes invisibles e inaudibles, sigo pidiendo y viviendo de pedir lo que no siempre obtengo, vivo de lo que pido defendiendo, de lo que abogo, de lo que advoco. Puedo ser otra cosa y haga lo que haga, sea lo que sea, ahí presente, me paguen o no me paguen, me reconozcan o no me reconozcan, ahí presente invariablemente el ad vocatus, siempre inevitablemente ad voco.

“Pido por otros”.-

Tenga yo un resignado felíz día.

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