A ellas me las imaginaba, sí, como las ví en fotografías, pero en el primer abrazo, en el primer perfume supe que las guardaba de otro tiempo, vaya uno a saber, vaya uno a creer en eso de las vidas anteriores, pregunten a Inesa, y después me sorprendió ese algo de niña deslumbrada en sus miradas, una cosa traviesa, cómplice, las boquitas en rouge rosado como salidas de esas muñecas de mi infancia,…una belleza de florcita urbana e incontaminada a la vez, Verónica, una manera grácil y suave de oponerse, en un capricho dulce y táctico, a la velocidad incontenible de su Plaza, Aydessa, las manos perfectas y diferentes, la sutileza invariable que escucha.

Ahí, sentada con la calma de un gurú expectante, Inx era un piano dando en la tecla, la ironía de rebatir retóricas esperables… “Ay, dejenmé, chicas, cuando les cuente….”

De ellos me traje el placer y el disenso, la ternura cuidadosa, casi ocho horas jugando como cachorros grandes, la risa burbujosa de cerveza y San Telmo, la coincidencia misma de cuando los pensaba sin verlos por haberlos leído.

Todo lo hicimos juntos.

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