Me pareció verlo hoy, pero no era. Parecido, el señor de bigotes con el que casi me topé esta mañana, caminando por la vereda de la Facultad de Ciencias Jurídicas, pateando las hojitas secas como en otro tiempo. Parecido a mi profesor de Minería (Derecho de Minería y de la Energía, se llamaba la cátedra), que hoy, si es que vive, debe tener unos setenta y cinco años, tal vez más. Minería (también denominada “Minas“) era una materia corta, muy específica y técnica, muy inservible también, a la que casi todos, a la hora de preparar, le “poníamos” quince o veinte días, e íbamos a rendir con el programa muy macheteado. Era una de las últimas de la carrera. La cátedra más famosa (debe haber habido dos) era la de Laurencena. He ahí al Doctor Laurencena con su cara angulosa y sus bigotes, y su acento entrerriano, el pañuelo en el cuello o la corbata al tono. Entrerriano y radical, pero radical alvearista, como le gustaba decir. Cierta raigambre pretendidamente oligárquica, de “vieja familia entrerriana con campos”. Un tipo de un humor variable, al igual que sus niveles de exigencia. Un extraño aparato.

Rendí con él una mañana fría como la de hoy, hace unos cuantos años…y me acuerdo de todo, como si hubiese pasado recién. Llegué tarde, como siempre, sin tiempo a presenciar exámenes ajenos, para agregar algo a mis precariedades. “Uno aprende escuchando exámenes“, gustábamos decir los indolentes, los mentirosos, los que siempre nos íbamos con algo colgado.

Me acuerdo de que estaba tomando exámen en el Aula Vélez Sarsfield (una de las más grandes y viejas), y había gente adentro, presenciando, y gente en la puerta. Ahí me quedé un rato y le pregunté  cómo iba,  a alguien que  precisamente acababa de salir.

“¡Bien!–me dijo el alguien–…muy tolerante…”

–“¿Pero no está preguntando  fino?–insistí.

–“No, para nada… — me acotó el compañero- nada que ver.  Anda bien  fácil. Pregunta grueso. Camiones, te diría…”

Con esa respuesta celestial más la tranquilidad de los creativos, no obstante haberle “puesto” nada más que una semana (dicen que pregunta camiones, yo la leí toda y algo voy a inventar) me fui al bar a distenderme, porque con mi Comisión todavía no había empezado. Dos horas charlando, sin leer ni una línea como para “refrescar”, contando vicisitudes de la última peña. Empieza con mi Comisión, me fijo en la lista, y veo que soy la primera. Con “B” larga. Porque “Belbeny, Manuela de los Milagros” (mi habitual antecesora cuando coincidíamos en algún cursado o en alguna libre de poca gente), muy responsablemente se volvió a su casa: es que “le puso” una semana igual que yo, pero con la honestidad y el pesimismo que a mí me faltaban.

“Okey- (pensé)-…tenemos capilla en mesa…hummm….con el programa todo escrito para desplegar delante de sus honorables bigotes…empezamos mal…pero me puede salvar el Código, no hay que desesperar…”.

El Código de Minería, el famoso, pequeño Código de Minería que nos permitían portar para rendir, era un hormiguero, macheteado hasta el último comentario: una-obra-de-arte llena de preciados salvoconductos para relojear en la mesa. Ciega confianza, además, en toooodas mis verborrágicas virtudes.

Me llaman. Mi nombre retumba en un silencio con murmullos de fondo, subo a la tarima, donde está el escritorio del Tribunal Examinador. Saludo circunspecta, me saludan, y de repente tomo conciencia, como el ladrón en la puerta del Banco, porque ahí soy exactamente eso. Respirando hondo, con manos temblorosas saco bolillas: 1 y 14-, lo recuerdo muy bien. La primera y la última. Quince minutos de capilla en mesa y frente a él, a sus bigotes, con unos cuantos atrás mío escuchando.

Intento desesperadamente leer la bolilla 1, el programa se me hace milimétrico, la letra del machete no es mía, el Código es prestado y …Dios, es ininteligible.  No veo nada, busco datos en una memoria inconfiable, siete días a dos bolillas por día y sin repaso. Endeble el mundo, la vida misma.

Laurencena charla con los dos adjuntos, hace bromas, respiro aliviada intuyendo su buen humor. Hoy tiene un buen día. De pronto se pone serio, me observa con actitud de empezar, frunce el ceño fingiendo severidad, y me dice enérgicamente:

— “¡Bueno!”

–“¡Sí!”–casi le grito yo también. El viejo espera de mí, y yo trato angustiosamente de armar algún concepto para arrancar.

Me tira una soga (cree él) y me dice: _“A ver, niña, por el principio y tiene Usted …Bolilla I…digamé: características de la propiedad minera.”

Fácil, grueso. Un camión, pienso. Tal cual me lo dijeron. Pero por más que busco, en mis recodos mentales solamente hay palabrejas atadas con alambre en horas quitadas al sueño, para preparar esa mierda en siete días.

Pero pongo mi mejor voz cuasi-doctoril (me faltan tres materias, después de todo…), elaboro al instante un “armado” prometedor y rebuscado, y le contesto gravemente:

–“Bien, en una primera aproximación a su desarrollo conceptual, partimos de la certeza  de que la  propiedad minera reconoce como característica indiscutible y fundamental la de ser básicamente…INFINITA.”

Laurencho se tira para atrás, sorprendido. Levanta las cejas, histriónicamente, como quien acaba de descubrir algo importante.

–“Infinita…”—repite en voz muy baja, como para sí mismo, estupefacto. –“Infinita…”– le susurra atónito a uno de sus adjuntos, que enmudece prudentemente. Se inclina entonces hacia mí, mirándome fijamente a los ojos, apoyando los antebrazos sobre el escritorio:– “¿Infinita?…”-me pregunta, balbuceante, incrédulo…mientras  me limito a asentir con la cabeza,  débil y aterrorizadamente–“¿¿¿infinita…???”–reitera luego con un asombro en peligrosa vehemencia.

Y sin esperar respuesta:

–“ ¡¡ INFINITA !!… –brama— ¡¡ INFINITA ES LA BOLA QUE TE VOY A PONEEEEER !!”

Una catarata de abrumadoras carcajadas empieza a tronar a mis espaldas vencidas.
Malditos. El papelón que sigue uno treinta minutos más es un debatirse entre adivinanzas y conceptos leídos del machete, para intentar sacar agua de las piedras, para inventar alguna exposición coherente. Laurencena fluctúa entre la ira y la paciencia, entre el sarcasmo y la generosidad, es un forcejeo en el que yo me abuso y le hablo atolondradamente del cateo, del derecho del minero a no sé qué jornada de trabajo digna y salubre (¿?), intento aturdirlo, me paso a la otra bolilla, y me meto en diversos berenjenales.

Me termino yendo derrotada, ya sin dignidad alguna, obviamente boleada y cargando irónicas sonrisitas, planeando oscuras venganzas a las burlas ajenas.

Entonces me percato no sólo de que tengo que rendirla otra vez.

Pienso en que, de acuerdo a mi propia finitud, hay lugares de los que no se vuelve.

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