Estoy de feria (Feria judicial, claro) y tengo más tiempo para “ir de feria”, repasando y revolviendo ajenidades, ratón en mano. Descubrimiento: por lo que estuve leyendo, se me hace que hay un punto en el que aquel que tiene un blog se detiene a reflexionar las implicancias, sustratos, destinos, disparadores, razones y explicaciones de lo que está haciendo, como si fuera de suyo que para ser un blogger no solamente es necesario tener blog, sino también entender por qué se lo tiene. Por qué, por qué. Ya no “para”, sino por qué, hasta donde nos deja la retórica. Y ahí, ahí mismo, en medio de la marejada de referencias y concordancias con encuentros bloguenses, artículos periodísticos y post relacionados con lo que otros bloggers dicen cuando explican por qué tienen un blog, ahí emerge como un monstruo el tema del EGO. Como un monstruo, porque ya esa conclusión, ese reconocimiento cabisbajo implica una especie de pedido de disculpas, hecho con una pretensa valentía.
La autovaloración (cuando es acentuada, más allá de la simple autoestima) tiene una contracara humilde y sabia, una contracara que no se empeña en diferenciarse, que no es individualista, que no discrimina, que parece ser congruente con los principios progresistas que al parecer, deben inspirarnos como exponentes de la nueva cultura, de lo que debe ser el lineamiento del intelectual de izquierda, por ejemplo. La autovaloración (la elevada autovaloración, digo) parecería ser coherente con la soberbia, con el elitismo, con lo autoritario, con lo inaccesible, y es por lo tanto, más congruente, tal vez, con otros decires ideológicos. Pero pasa que como la autovaloración necesariamente deviene en autoproclama, y el blog también termina siendo eso mismo, resulta que nadie se escapa, aunque imploremos velados perdones, aunque pontifiquemos que “mi blog no es autorreferencial”. Yo, si trato (lo consiga o no) de que mi blog no sea autorreferencial es porque sé que alguien está leyendo y no quiero aburrirlo (para que no ME piense en términos pesados) hablando de MI, de YO, o sea, tengo el EGO más que comprometido en el esfuerzo, no deja de ser una preordenación que a fin de cuentas me funciona a medias. Y más vale así, porque (y ahí me acuerdo del “para”) si ni siquiera voy a poder tener mi blog para reafirmarME, para entenderME, para que mi EGO estalle y se consuele y predique cuando lo necesito vivo y fuerte para poder sostenerME, cuando siento que no soy feliz en ninguna parte, cuando no le encuentro sentido a esto que me toca todos los días, entonces no me queda más remedio que volver a leer a los demás y preguntarme ya no por qué, si no para qué lo tengo. Me parece que lo tengo para mi EGO, y me parece que lo tengo por mi EGO, y me parece que nadie me explica exactamente qué problema hay.
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