Quien hubiera imaginado lo que era en realidad, allá en tiempos de inlujuriosa adolescencia. El sexo sospechado era un contacto tibio, preciso, estimulante, algodonado, precedible, intenso, húmedo de besos perfumados en mentas de artificio, y de pasión estudiada en el teleteatro de las cuatro. Un beso hondo, ves, se esperaba como un paso hacia la tranquera, el paso impoluto, el paso mejor. Ahí nomás, sólo una puerta, el sexo. ¿Qué hacer, cuando ocurriera? ¿Fingir sorpresa, deseo, ansias porque suceda, confusión? ¿Cerrar lo ojos, instar a la caricia, esperar las manos trémulas, detener…con el gesto interruptivo que EL espera?.

EL espera el NO. Buena chica.

El NO previsto para creernos, seducción de la barrera, el No para intentar lo que esperamos, para que-rer-nos. Para quedarse. Quedarse-querernos un rato más que a Otras, decían las viejas. Porque yo no soy Esa, ni vos ni nadie se confunda. El sexo, así, detrás de la tranquera, se divisaba intenso, estético, un ánfora-una estaca-un ánfora, algo de ángel atrapado asustado en el hueco penumbroso pero blanco, por favor, despacio y entreabierto, solamente entreabierto el clima tuyo, el olor tuyo, el gesto, el gesto, el espacio que me dejó dibujar en el medio de una sábana fue la medida exacta del abrazo compungido, el gesto, el cuerpo, ese desnudo a medias, ese traspaso a medias, la impresión. Yo no soy Esa, soy Esta, haceme pero esperame, atame pero soltame, decime, mirame, decime, dejame pero acercate, sentime pero brindate, abrite, buscame, frename pero quedate, decime, quedate, así era y sabías, así para después, para quedarte, el NO que te gustaba más que Esa que no era Yo, el No que te fascinaba irresistible-resistida-resistiendo, el No que todavía me guardaba, me amparaba, decime, esperame, tocame, mirame, quedate.

Mirame.

Tocame si te vas a quedar.

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