Vuelvo al blog cumplido el duelo, después de haber jugado en la Plaza de Ayd, hoy como tantos días.
La coincidencia sin el diálogo previo sobre un enunciado equis siempre me produce la misma sensación de haber estado antes, en otro tiempo, hablando de lo que allí se habla y con la misma gente.
Ayd dice de los miedos, y se me aparece inmediatamente, como un relámpago, mi histórico e incontrolable miedo al avión.

Justo. También es el miedo de ella, y el de Maray. Aydesa le teme al avión, “no porque se caiga y se estrelle, sino por el malestar de la altura y el malestar del avión, adoro viajar pero detesto los aviones”. Maray dice que le teme también, no porque pueda caerse, (tampoco) sino “porque no puede abrir la ventanilla y sentir el aire viniendo a su cara”.

¿Y yo, por qué?

¿Y yo?

No, lo mío con el avión no es solamente miedo, -pienso- y tampoco tiene que ver con malestares, ni con claustrofobias, ni con caídas.

Lo mío es pánico, verdadero pánico para el que he encontrado, después de mucho, una breve y contundente explicación:

Pánico por estar en el cielo, pero viva.

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