julio 2006


“Hasta ahora, la conciencia de mi mestizaje no se había convertido, como hoy lo hace, en la conciencia de mi libertad. Hasta ahora había tratado de hundirme en la identidad vacilante que me había impuesto. Ahora me doy cuenta de que no pertenezco a ninguna raza, a ninguna cultura: sólo me pertenezco a mí mismo.

Me duele que me llamen traidor. Pero ¿hay algún hombre verdadero que no sea un traidor”? ¿es posible tener una adhesión ciega, absoluta, total, a una idea o a una posición social, y seguir siendo hombre? ¿Se puede vivir humanamente sin distanciarse, sin diferenciarse, sin oponerse, sin criticar?

Mi doble naturaleza está a flor de piel, y esto me ayuda a tomar conciencia de la necesidad de la traición. Pero aún para quienes nacieron indios o españoles, sin mezcla, ¿es posible que sean únicamente indios o únicamente españoles y que sigan siendo hombres? La solidez, la coherencia, no se adquieren sino al precio de una castración: para no violar el ambiente en el que vive, el “hombre de bien” tiene que reprimir sus erecciones, tiene que renunciar a diferenciarse, tiene que frustrar la libertad que le exige hacerse a sí mismo con la misma pasión que lo lleva a tumbar una chola en los trigales.

Lo grave es ser traidor a medias, abandonando una causa para adherir a otra: la traición unilateral, es un acto tan innoble como liberarse de un amo para adherir a otro. La traición tiene que ser plena, radical, como el sable que hacemos girar en círculo y sólo deja vivo a quien lo esgrime.

Te pido, Felipa, por el recuerdo de este padre que sólo comprendió la verdad cuando no había tiempo de enseñárselas, que les des a nuestros hijos la conciencia de esta doble filiación. Deben recordar siempre que pertenecen a dos mundos diferentes y, por tanto, ninguno del todo: libres de los modelos impuestos por la tradición, están obligados a inventar enteramente su propia vida. Sólo así se formará el Perú de mañana.

Y tú, dilecta esposa, hoy, ahora, en vísperas de mi fusilamiento, recibe el último suspiro de tu amantísimo:

Manuel Choquehuanca”

A los que vienen, a los que voy, que sé quienes, que sé donde, que se toman conmigo el cafecito virtual. Quién podría suponer la intimidad que vengo respirando, desde Uds., en olores amigos que solamente yo imagino, con caras que me constan y caras que supongo.
Alguien que no entiende me ha dicho “¡pero es como querer a un grupo de fantasmas”!.

Ay, dejenmé, extrañaría tanto que no me hicieran estos ruidos raros. Plazas de juego, infiernos, muñecos que hablan, dioses gordos, santos, demonios, dokes en libertad, la Miss en el enigma, glosas de armonía, la Dani diosa, humos fragantes, anarquías, reputaciones dudosas, elefantitos, mis ex-añadidos (q.e.p.d), rutas hargentinas, sensaciones del Caribe, el Ego de la Arcadia y, no sé de quién me olvido y no.

¡Pasen un día muy feliz! (no me dejen)

Estoy de feria (Feria judicial, claro) y tengo más tiempo para “ir de feria”, repasando y revolviendo ajenidades, ratón en mano. Descubrimiento: por lo que estuve leyendo, se me hace que hay un punto en el que aquel que tiene un blog se detiene a reflexionar las implicancias, sustratos, destinos, disparadores, razones y explicaciones de lo que está haciendo, como si fuera de suyo que para ser un blogger no solamente es necesario tener blog, sino también entender por qué se lo tiene. Por qué, por qué. Ya no “para”, sino por qué, hasta donde nos deja la retórica. Y ahí, ahí mismo, en medio de la marejada de referencias y concordancias con encuentros bloguenses, artículos periodísticos y post relacionados con lo que otros bloggers dicen cuando explican por qué tienen un blog, ahí emerge como un monstruo el tema del EGO. Como un monstruo, porque ya esa conclusión, ese reconocimiento cabisbajo implica una especie de pedido de disculpas, hecho con una pretensa valentía.
La autovaloración (cuando es acentuada, más allá de la simple autoestima) tiene una contracara humilde y sabia, una contracara que no se empeña en diferenciarse, que no es individualista, que no discrimina, que parece ser congruente con los principios progresistas que al parecer, deben inspirarnos como exponentes de la nueva cultura, de lo que debe ser el lineamiento del intelectual de izquierda, por ejemplo. La autovaloración (la elevada autovaloración, digo) parecería ser coherente con la soberbia, con el elitismo, con lo autoritario, con lo inaccesible, y es por lo tanto, más congruente, tal vez, con otros decires ideológicos. Pero pasa que como la autovaloración necesariamente deviene en autoproclama, y el blog también termina siendo eso mismo, resulta que nadie se escapa, aunque imploremos velados perdones, aunque pontifiquemos que “mi blog no es autorreferencial”. Yo, si trato (lo consiga o no) de que mi blog no sea autorreferencial es porque sé que alguien está leyendo y no quiero aburrirlo (para que no ME piense en términos pesados) hablando de MI, de YO, o sea, tengo el EGO más que comprometido en el esfuerzo, no deja de ser una preordenación que a fin de cuentas me funciona a medias. Y más vale así, porque (y ahí me acuerdo del “para”) si ni siquiera voy a poder tener mi blog para reafirmarME, para entenderME, para que mi EGO estalle y se consuele y predique cuando lo necesito vivo y fuerte para poder sostenerME, cuando siento que no soy feliz en ninguna parte, cuando no le encuentro sentido a esto que me toca todos los días, entonces no me queda más remedio que volver a leer a los demás y preguntarme ya no por qué, si no para qué lo tengo. Me parece que lo tengo para mi EGO, y me parece que lo tengo por mi EGO, y me parece que nadie me explica exactamente qué problema hay.
Quien hubiera imaginado lo que era en realidad, allá en tiempos de inlujuriosa adolescencia. El sexo sospechado era un contacto tibio, preciso, estimulante, algodonado, precedible, intenso, húmedo de besos perfumados en mentas de artificio, y de pasión estudiada en el teleteatro de las cuatro. Un beso hondo, ves, se esperaba como un paso hacia la tranquera, el paso impoluto, el paso mejor. Ahí nomás, sólo una puerta, el sexo. ¿Qué hacer, cuando ocurriera? ¿Fingir sorpresa, deseo, ansias porque suceda, confusión? ¿Cerrar lo ojos, instar a la caricia, esperar las manos trémulas, detener…con el gesto interruptivo que EL espera?.

EL espera el NO. Buena chica.

El NO previsto para creernos, seducción de la barrera, el No para intentar lo que esperamos, para que-rer-nos. Para quedarse. Quedarse-querernos un rato más que a Otras, decían las viejas. Porque yo no soy Esa, ni vos ni nadie se confunda. El sexo, así, detrás de la tranquera, se divisaba intenso, estético, un ánfora-una estaca-un ánfora, algo de ángel atrapado asustado en el hueco penumbroso pero blanco, por favor, despacio y entreabierto, solamente entreabierto el clima tuyo, el olor tuyo, el gesto, el gesto, el espacio que me dejó dibujar en el medio de una sábana fue la medida exacta del abrazo compungido, el gesto, el cuerpo, ese desnudo a medias, ese traspaso a medias, la impresión. Yo no soy Esa, soy Esta, haceme pero esperame, atame pero soltame, decime, mirame, decime, dejame pero acercate, sentime pero brindate, abrite, buscame, frename pero quedate, decime, quedate, así era y sabías, así para después, para quedarte, el NO que te gustaba más que Esa que no era Yo, el No que te fascinaba irresistible-resistida-resistiendo, el No que todavía me guardaba, me amparaba, decime, esperame, tocame, mirame, quedate.

Mirame.

Tocame si te vas a quedar.

Caperucita y el Lobo en versión judicial argentina. (un fantasioso muestreo de las cosas insólitas que suelen pasar en la Justicia)

VISTO y
CONSIDERANDO:

1) Que Caperucita no desconocía que podía encontrarse con el Lobo.

2) Que tampoco era ajena al hambre del Lobo, ni a los peligros del bosque.

3) Que si le hubiera ofrecido la cesta de la merienda para que el Lobo calme su hambre, no habrían ocurrido los sucesos referidos más arriba.

4) Que el Lobo no ataca a Caperucita de inmediato, y que hay evidencias de que primero conversa con ella.

5) Que es Caperucita quien le da pistas al Lobo y le señala el camino de la casa de la abuelita.

6) Que la anciana es inimputable ya que confunde a su nieta con el Lobo.

7) Que cuando Caperucita llega y el Lobo está en la cama con la ropa de la abuela, Caperucita no se alarma.

8) Que el hecho de que Caperucita confunda al Lobo con la abuelita demuestra lo poco que iba a visitarla, hecho que tipificaría un abandono de persona por parte de la joven Caperucita.

9) Que el Lobo, con preguntas simples y directas, quiere desesperadamente alertar a Caperucita sobre su posible conducta.

10) Que cuando el Lobo, que ya no sabe qué más hacer para alertarla, se come a Caperucita, es porque ya no le quedaba otra solución.

11) Que es altamente posible que antes Caperucita hiciera el amor con el Lobo y lo disfrutara.

12) Que la versión de que Caperucita, cuando oye la pregunta del Lobo: «¿Adónde vas?», responde: «A bañarme desnuda en el río…», cobra cada día más fuerza.

13) Que se desprende del punto anterior que es Caperucita la que provoca los más bajos instintos, brutales y depredadores, en la pobre fiera.

14) Que el Lobo ataca, pero tal hecho corresponde a su propia naturaleza y a su instinto natural y animal, exacerbados por la conducta de la susodicha Caperucita.

15) Que párrafo aparte para la madre de Caperucita, quien exhibe culpabilidad por no acompañar a su hija.

Por todo lo expuesto, se resuelve:
I) REVOCAR el fallo de Cámara, absolviéndose al Señor Lobo, y II) …

a) Apercibir a la familia de Caperucita, imponiendo a la abuela presentarse en hospital a designar, para su observación gerontológica,

b) A la madre apercibirla para que cumpla correctamente con sus deberes legales de madre
y

c) A Caperucita, imponerle trabajo comunitario en el Zoológico Local para conocer acabadamente la naturaleza y el instinto animal.

d) Costas a la abuela ( serán soportadas conjuntamente con el leñador en proporción de ley, por considerárselo partícipe principal en las lesiones gravísimas ocasionadas injustificadamente al Señor Lobo).-

Notifíquese. Publíquese.

Oportunamente archívese.

(Gracias, Luisito)

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Vuelvo al blog cumplido el duelo, después de haber jugado en la Plaza de Ayd, hoy como tantos días.
La coincidencia sin el diálogo previo sobre un enunciado equis siempre me produce la misma sensación de haber estado antes, en otro tiempo, hablando de lo que allí se habla y con la misma gente.
Ayd dice de los miedos, y se me aparece inmediatamente, como un relámpago, mi histórico e incontrolable miedo al avión.

Justo. También es el miedo de ella, y el de Maray. Aydesa le teme al avión, “no porque se caiga y se estrelle, sino por el malestar de la altura y el malestar del avión, adoro viajar pero detesto los aviones”. Maray dice que le teme también, no porque pueda caerse, (tampoco) sino “porque no puede abrir la ventanilla y sentir el aire viniendo a su cara”.

¿Y yo, por qué?

¿Y yo?

No, lo mío con el avión no es solamente miedo, -pienso- y tampoco tiene que ver con malestares, ni con claustrofobias, ni con caídas.

Lo mío es pánico, verdadero pánico para el que he encontrado, después de mucho, una breve y contundente explicación:

Pánico por estar en el cielo, pero viva.

Este blog permanecerá cerrado por duelo hasta el 9 de Julio del año en curso.

“Añadiduras”, esa vieja y maravillosa toldería en la que solíamos encontrarnos, vivirá por siempre en nuestros corazones.