Y yo cruzo la lectura de este post de Vero que cruza con la lectura de uno de Aydesa, y me doy un lugar para poder hablar de esto en pensamiento común con ellas, porque siempre digo que tengo un antes y un después, como si con el nacimiento de una condición, que coincide con el nacimiento de alguien, se hubiese muerto esa que yo era antes de. Antes de la maternidad, sí.
La vivencia de todo eso, según me enteré después, no tiene que ver solamente con la historia personal ni con el marco referencial, circunstancial y afectivo de ese nacimiento: tiene que ver, además, ( también me enteré después), con eso de las endorfinas, y con lo orgánico mismo, y con la relación con la madre de uno, y con el ejercicio del poder externo, y algunas otras sutilezas más.

A partir de que me costó internalizar la pura y simple idea de que había tenido un hijo, es decir de que había “hecho” dentro mío a una persona, de que había compartido con ella nueve meses de sangre, comida y sufrimiento, a partir de no haber logrado nunca procesar del todo esto de la creación y de que una es una especie de máquina con un raro equipamiento físico y mental adaptado para sustentar a otro, para mí la maternidad ha sido una experiencia extraña.
Extraña y agobiante, increíble, gozoza y atormentada, obsesiva y canalizadora de otras cuestiones muy íntimas, nunca del todo resueltas. Un pasaje en el que lamentablemente siento, sí, que la libertad, (esa pavada) se ha terminado elípticamente y para siempre. Un pasaje determinante y arrollador, en el que hay que conciliar internamente la necesidad actual que se tiene de las personas que uno ha “tenido”, el no poder prescindir emocionalmente de ellas y sentir que eso será así mientras viva, y el saber a ciencia cierta que el mito de los instintos alcanza también al amor maternal, que parece que, en rigor, no existe.
Juan Carlos Volnovich (1993), en una entrevista realizada por el diario Página 12, se refiere a esto del mito del amor materno y de cómo su surgimiento está ligado a un momento socio-histórico. “El instinto materno – explica Volnovich – es un mito de la modernidad. Como las madres no criaban a sus hijos, la mortalidad infantil estaba en estrecha relación con la dificultad para encontrarles nodrizas o con la incompetencias de ellas. Según Elizabeth Badinter en su libro ¿”Existe el amor maternal?”, de los 21 mil niños nacidos en 1780 en París, sólo mil permanecieron con sus madres; otros mil, de familias acaudaladas, fueron amamantados por nodrizas en la casa paterna, y los 19 mil niños restantes fueron entregados, desde el momento mismo del nacimiento, a nodrizas a sueldo que los criaban en el campo. Un 90 por ciento de ellos no pasó el primer año. Las estadísticas de la época consignan que hasta casi fines del 1700, eran muchos los niños que morían sin haber conocido la mirada de su madre.El mito del amor maternal es en este sentido, un intento de contención de ese infanticidio que estaba despoblando Europa. No es casual: de esa época datan los primeros censos, y ellos permiten comprobar que la Europa que necesita soldados para las guerras imperiales y colonizadores para poblar las colonias, se está quedando vacía. A partir de 1760, empiezan a aparecer en Francia publicaciones que aconsejan a las madres la atención personal de los bebés. Eso que hoy conocemos, padecemos y disfrutamos como algo “instintivo”, “natural”, “incondicional”, no tiene nada de instintivo: es una construcción social que surge de esa época, e identifica a la mujer con su función de madres, a partir de discursos económicos, filosóficos, y fundamentalmente ideológicos, como el de Rousseau. Las dulzuras de la maternidad fueron objeto de una exaltación infinita; ser madre devino así en un deber impuesto, pero también en la actividad más envidiable y gratificante que podía esperar una mujer” (Volnovich, 1993) “

Haber intelectualizado esta cuestión, haber leído a Badinter y después a algunos otros me ha desterrado, junto al psicoanálisis, determinadas nociones ascentrales y ciertos prejuicios de abnegaciones que no tengo, es cierto, me ha sacado algunas culpas, pero en realidad no me ha servido de mucho, como pasa siempre cuando los vínculos se sienten de una manera tan fuerte, tan tortuosa y con tanto placer dentro del mismo sufrimiento. Que el poder patriarcal se haya encargado de transmitirme sus pautas culturales para que yo lo sienta y obedezca, no es una idea descabellada. Pero lo que no me ha servido de mucho es la conciencia de eso, tal vez por esto de que el sentir es anterior al pensar. Ya no soy libre, no lo seré nunca más, pero al mismo tiempo el arrepentimiento de esta cadena caprichosa me resulta inconcebible y desesperante sólo de imaginarlo. La abolición de esos dos seres, así como la idea de que pudieran “no haber sido” significa mi propio exterminio en el nivel de la existencia y de las sensaciones, de la vida misma, aún cuando más no fuera en los supuestos. Porque si tuviese que explicarlo, que narrarlo como a un cuentito de infancia no me veo hamacando muñecas, sino que me cuestiono pensando si no será que lo que me pasa con mis hijos es tan profundo por estar en realidad autodirigido, por estar regodeándose en mi ego, en que algo de ellos me trae a esta que soy por ellos, pero que soy Yo y no Otra. Y entonces me voy al recuerdo aquél de ese profesor que yo tenía en la Universidad, que no era madre sino padre de un único hijo, que hablaba de su sentimiento para con él diciendo: “No sé qué me pasa cuando lo veo, y me debo estar amando a mí mismo a través de él, soy el más egoísta de todos pero lo miro, me estremezco con una felicidad empalagosa e inevitable, con una emoción ardorosa que me pone de rodillas, y pienso: cuando yo sea viejo, él va a ser grande, y cuando yo esté muerto, voy a estar menos muerto porque él va a estar vivo”.

Algo así.
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