Es que con estos fríos provinciales y yo sé que también capitalejos, hay que tener coraje cívico para ponerse una minifalda. A pesar de eso, el bueno de Tino Hargen asegura haberme visto vestida de esa forma el Viernes pasado en la puerta del Guerrín, a punto de entrar en la Convocatosa.
Ya no estoy segura de nada, la verdad. Pero si el deseo fuera capáz de desdoblarnos, de llevarnos a cuestas, de superar kilómetros y problemas propios y no tan propios, por ahí tal vez haya pasado que la imaginación de Tino captó los efluvios de la mía y me corporizó, me hizo estalactita con los pelos al viento mirando ansiosa cada cara, pero sin entrar por miedo a entusiasmarme, pasarme de las doce, que la mini se convierta en jean crotoso y no encontrar un zapallo digno para volverme.
No hay excusas, la Convocatosa no es culpable de postreros desvaríos, cualquier tipo de locura era previa.
Ay dejemé, con esta gente. Y yo que pensaba que no había ido.
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