Hoy las palabras no me alcanzan, no aparecen. Hoy soy una cuasi analfabeta que derrama lo que puede para decir algo, temblando; a veces encuentro un seudo idioma, algo que me dicta, algo así como muchas pelotitas de vidrio pasadas con un hilo, chocando unas con otras. Raro, raro, hace un rato nomás una voz conocida y sufriente me dejó un mensaje en el contestador: “sabés, una mala noticia, un accidente anoche, yendo para Rosario a un Congreso, en la ruta se mató Silvia Pizarro, lo único que sé es que la velan esta tarde”.

Silvia Pizarro, abogada, 33 años, sin pareja, una hija, cara de niña con pelo castaño y ojos mielados, sonrisa prolija, honesta de moral miedosa y visceral, simple, lógica, suave, buena gente. Nunca me detuve mucho en ella porque sus prudencias, sus sencilleces, sus razonamientos de ping pong tal vez me aburrían un poco, me adormecían, me ponían ese piloto automático que se deja para los diálogos convencionales, pero aún con eso verla siempre era algo apacible que hacía hasta a la estética del momento, y nos encontrábamos cada tanto, cada semanas, por ser parte ambas de una Comisión de estudio de nuestro Colegio profesional. No sé si pasó un mes desde esa mañana de sol en que me tomé un café con ella en la confitería del Foro, y me dijo que estaba muy angustiada, muy deprimida, “y, no, – me decía – no hago juego con el sol que hay, ves, qué le voy a hacer si en el Estudio donde estoy trabajando el colega que es dueño se jubila, y ya me anticipó que me tengo que ir. Se terminó sueldo y porcentaje, yo no tengo trabajo propio, no tengo clientes, los cargos son siempre para los conocidos, estoy pasando un momento horrible, horrible, nunca me sentí tan mal, el fracaso me tiró al piso y no veo ninguna salida, sabés, hoy no me quería ni levantar, estuve pensando en ir a ver a un psicólogo, me cobra 45 pesos la consulta así que le voy a pedir plata a mi papá porque yo no tengo ni para pagar este café que me vas a tener que invitar”.

Y yo, como siempre haciéndome la graciosa, la que reflexiona en la desgracia, la de la agudeza intermitente, le dije:_ “Pero si no tenés plata para vivir, no podés andar invirtiendo esa plata en terapias, después te vas a sentir peor”

Ella me dijo: _“¿Pero vos no decís siempre que la salud mental es re importante y que todos deberíamos tener asistencia psicológica?”

“Y, sí, – le dije -pero yo en realidad, viste. . . tengo la idea de que al psicólogo hay que ir cuando uno anda bien”

Se rió. Se rió con ruido a agua, a muchas pelotitas de vidrio chocando unas con otras.

Me suenan todavía, me gritan a lo bruto, me desgranan sus quejas en el aire, me tapan el mensaje que me habla de la ruta, que me dice que la velan esta tarde.
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