junio 2006


Semana del Che,” in memorian”.

Me querrás para pensarte

“Sin una razón definida, algo influenciado por mi desearte, seré el arma que me dispare alto, seré el arma que se dispare, seré el arma que dispare armas,

y tú conmigo.”

Anuncios
Que no importa si es algo concreto, que no importa si es colorido, que no importa ni su fragancia ni su belleza. Que lo que importa es que en algún punto nos encierre, nos lleve, nos anuncie existentes. Que nos deje estar ahí, dando un abrazo suave, saludando en presencia que se pretende exótica, y que es más bien el guiño cómplice de superar la virtualidad y de ser y hacer, una vez, un día, lo que uno siente y desea.

Ojalá que siempre.

Y yo cruzo la lectura de este post de Vero que cruza con la lectura de uno de Aydesa, y me doy un lugar para poder hablar de esto en pensamiento común con ellas, porque siempre digo que tengo un antes y un después, como si con el nacimiento de una condición, que coincide con el nacimiento de alguien, se hubiese muerto esa que yo era antes de. Antes de la maternidad, sí.
La vivencia de todo eso, según me enteré después, no tiene que ver solamente con la historia personal ni con el marco referencial, circunstancial y afectivo de ese nacimiento: tiene que ver, además, ( también me enteré después), con eso de las endorfinas, y con lo orgánico mismo, y con la relación con la madre de uno, y con el ejercicio del poder externo, y algunas otras sutilezas más.

A partir de que me costó internalizar la pura y simple idea de que había tenido un hijo, es decir de que había “hecho” dentro mío a una persona, de que había compartido con ella nueve meses de sangre, comida y sufrimiento, a partir de no haber logrado nunca procesar del todo esto de la creación y de que una es una especie de máquina con un raro equipamiento físico y mental adaptado para sustentar a otro, para mí la maternidad ha sido una experiencia extraña.
Extraña y agobiante, increíble, gozoza y atormentada, obsesiva y canalizadora de otras cuestiones muy íntimas, nunca del todo resueltas. Un pasaje en el que lamentablemente siento, sí, que la libertad, (esa pavada) se ha terminado elípticamente y para siempre. Un pasaje determinante y arrollador, en el que hay que conciliar internamente la necesidad actual que se tiene de las personas que uno ha “tenido”, el no poder prescindir emocionalmente de ellas y sentir que eso será así mientras viva, y el saber a ciencia cierta que el mito de los instintos alcanza también al amor maternal, que parece que, en rigor, no existe.
Juan Carlos Volnovich (1993), en una entrevista realizada por el diario Página 12, se refiere a esto del mito del amor materno y de cómo su surgimiento está ligado a un momento socio-histórico. “El instinto materno – explica Volnovich – es un mito de la modernidad. Como las madres no criaban a sus hijos, la mortalidad infantil estaba en estrecha relación con la dificultad para encontrarles nodrizas o con la incompetencias de ellas. Según Elizabeth Badinter en su libro ¿”Existe el amor maternal?”, de los 21 mil niños nacidos en 1780 en París, sólo mil permanecieron con sus madres; otros mil, de familias acaudaladas, fueron amamantados por nodrizas en la casa paterna, y los 19 mil niños restantes fueron entregados, desde el momento mismo del nacimiento, a nodrizas a sueldo que los criaban en el campo. Un 90 por ciento de ellos no pasó el primer año. Las estadísticas de la época consignan que hasta casi fines del 1700, eran muchos los niños que morían sin haber conocido la mirada de su madre.El mito del amor maternal es en este sentido, un intento de contención de ese infanticidio que estaba despoblando Europa. No es casual: de esa época datan los primeros censos, y ellos permiten comprobar que la Europa que necesita soldados para las guerras imperiales y colonizadores para poblar las colonias, se está quedando vacía. A partir de 1760, empiezan a aparecer en Francia publicaciones que aconsejan a las madres la atención personal de los bebés. Eso que hoy conocemos, padecemos y disfrutamos como algo “instintivo”, “natural”, “incondicional”, no tiene nada de instintivo: es una construcción social que surge de esa época, e identifica a la mujer con su función de madres, a partir de discursos económicos, filosóficos, y fundamentalmente ideológicos, como el de Rousseau. Las dulzuras de la maternidad fueron objeto de una exaltación infinita; ser madre devino así en un deber impuesto, pero también en la actividad más envidiable y gratificante que podía esperar una mujer” (Volnovich, 1993) “

Haber intelectualizado esta cuestión, haber leído a Badinter y después a algunos otros me ha desterrado, junto al psicoanálisis, determinadas nociones ascentrales y ciertos prejuicios de abnegaciones que no tengo, es cierto, me ha sacado algunas culpas, pero en realidad no me ha servido de mucho, como pasa siempre cuando los vínculos se sienten de una manera tan fuerte, tan tortuosa y con tanto placer dentro del mismo sufrimiento. Que el poder patriarcal se haya encargado de transmitirme sus pautas culturales para que yo lo sienta y obedezca, no es una idea descabellada. Pero lo que no me ha servido de mucho es la conciencia de eso, tal vez por esto de que el sentir es anterior al pensar. Ya no soy libre, no lo seré nunca más, pero al mismo tiempo el arrepentimiento de esta cadena caprichosa me resulta inconcebible y desesperante sólo de imaginarlo. La abolición de esos dos seres, así como la idea de que pudieran “no haber sido” significa mi propio exterminio en el nivel de la existencia y de las sensaciones, de la vida misma, aún cuando más no fuera en los supuestos. Porque si tuviese que explicarlo, que narrarlo como a un cuentito de infancia no me veo hamacando muñecas, sino que me cuestiono pensando si no será que lo que me pasa con mis hijos es tan profundo por estar en realidad autodirigido, por estar regodeándose en mi ego, en que algo de ellos me trae a esta que soy por ellos, pero que soy Yo y no Otra. Y entonces me voy al recuerdo aquél de ese profesor que yo tenía en la Universidad, que no era madre sino padre de un único hijo, que hablaba de su sentimiento para con él diciendo: “No sé qué me pasa cuando lo veo, y me debo estar amando a mí mismo a través de él, soy el más egoísta de todos pero lo miro, me estremezco con una felicidad empalagosa e inevitable, con una emoción ardorosa que me pone de rodillas, y pienso: cuando yo sea viejo, él va a ser grande, y cuando yo esté muerto, voy a estar menos muerto porque él va a estar vivo”.

Algo así.
Es que con estos fríos provinciales y yo sé que también capitalejos, hay que tener coraje cívico para ponerse una minifalda. A pesar de eso, el bueno de Tino Hargen asegura haberme visto vestida de esa forma el Viernes pasado en la puerta del Guerrín, a punto de entrar en la Convocatosa.
Ya no estoy segura de nada, la verdad. Pero si el deseo fuera capáz de desdoblarnos, de llevarnos a cuestas, de superar kilómetros y problemas propios y no tan propios, por ahí tal vez haya pasado que la imaginación de Tino captó los efluvios de la mía y me corporizó, me hizo estalactita con los pelos al viento mirando ansiosa cada cara, pero sin entrar por miedo a entusiasmarme, pasarme de las doce, que la mini se convierta en jean crotoso y no encontrar un zapallo digno para volverme.
No hay excusas, la Convocatosa no es culpable de postreros desvaríos, cualquier tipo de locura era previa.
Ay dejemé, con esta gente. Y yo que pensaba que no había ido.
A LOS CLIENTES:

” Además de la plata para los gastos, madrecita, necesito 1500 más para “ayudar” al Comisario de la Seccional para que a su hijo lo traten bien y lo pasen antes.”-(el Comisario era su amante de turno).

“Mire, acá todo es al contado, no me pida convenio en cuotas que yo no vivo en porciones”

“¿Recibo oficial, quiere? Ah, sí…pero le tengo que cargar el IVA” (el Iva es a cargo del profesional) .

“Bueno, lo tengo que dejar porque tengo una reunión urgente en Casa de Gobierno” (peluquería)

“¡¡¡Sariiiitaaaa……!!! Si me llama un tal González, decile que viajé a Capital porque me llamaron de “Nación”.

“¿Cuántos menores son? Y, medio difícil no pasar alimentos…lo que podemos hacer es poner todo lo que tiene a nombre de otra persona, que sea de su confianza. Y su ex mujer que se vaya a reclamar a los caminos”.

“Yo me le ofrezco de testaferro, sin compromiso”.

“Fírmeme acá, también…sí, está en blanco, pero después la Secretaria lo llena”

” Sí, hombre, es cierto que me pagó los honorarios, pero le falta el 45 % de aportes ” ( realidad es el 13, y estaba incluído).

“Y bueno, que se le va a hacer, déjeme el televisor en parte de pago…claro que lo lamento por sus cuatro chicos, pero por otro lado también les viene bien para incrementarles la lectura”

“¡Y cómo por qué el porcentaje, cómo por qué….!! ¿Y el gasto de estacionamiento que yo tuve para acompañarlo a cobrar? ¿ Y mi supervisión? Tampoco lo podía dejar ir solo. . .”

“¡Cómo que qué hice! ¡Me disfracé de payaso, eso hice! ¿Ud. no sabe que si no hubiese sido POR MI no le pagaban el subsidio?

“¿A quién me dice que fue a ver antes de venir acá? ¿Al Dr…..? ¡Pero ese es un delincuente….!

A OTRO COLEGA:

“Mire, Dr., entre bomberos no nos vamos a andar pisando la manguera”

“¿Y qué me discute? ¿Qué me estoy dibujando los honorarios? Pero eso es como que discutamos el sexo de los angelitos…”

“Ud. dígame cuánto quiere y arreglamos nosotros. Después vemos lo que les decimos”.

“Dr., Dr. . . . ¿de qué ética me habla? Ni Ud. es Juan Pablo II, ni yo soy la Madre Teresa de Calcuta”.

“Yo no tengo la culpa de que sea una viejita, se le remata la casa y se terminó.”

A MI :

“Si es por tus remilgues, nos quedamos siempre mirando la fiambrera”.

“Ay, no me hablés en difícil, si total va a ir en cana lo mismo”.

“Ya sé que le cobré anticipado, pero vos haceme el escrito, aunque no estés en el Poder después repartimos el anticipo”.

“Ya sé que era un cliente tuyo, pero yo lo atendí porque pensé que vos estabas demasiado ocupada.
Después te iba a avisar. ”

“Silvita, vino el plomero por un problemita en el baño…cobró 250 pesos…a la factura después te la doy”.

“Este mes, de luz hay 500 pesos…¿la factura? Después le digo a Sara que te la dé”.

“Ah, sí, Fernández . . .vino a pagar pero no estabas. Después te doy”.

“El tema de Ludueña…sí, ya sé, no, no fuí a ver el expediente…pero es una cuota alimentaria, qué le va a pasar al chico, no seas exagerada. Que espere un mes más, no se va a morir. Te prometo que después voy”

“Mirá, esa mujer te está mintiendo…a mí no me pagó.

Cómo va a decir que le quedé debiendo el recibo, si yo nunca dejo nada para después”.

Cuatro meses de sociedad. Siempre lo digo: soy una mujer de finales lentos.

Emergiendo penosamente de la parálisis, anoche, el libro “La conjura de los necios” de Jhon Kennedy Toole, leído creo que por quinta vez, me dió eso que me estaba haciendo falta sentir: la acidez del humor y la conciencia del absurdo, todo dentro de la misma truculencia. Pero ahora y de nuevo, en la vez número cinco, me pasa lo mismo de siempre: condicionada por el epígrafe, donde se lee esa frase de Jhonathan Swift: “Cuando en el mundo aparece un genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”, salgo a buscar.

Y con sólo mirar un poco, a veces está todo tan claro, tan claro, que hasta me dá vergüenza.

Hoy las palabras no me alcanzan, no aparecen. Hoy soy una cuasi analfabeta que derrama lo que puede para decir algo, temblando; a veces encuentro un seudo idioma, algo que me dicta, algo así como muchas pelotitas de vidrio pasadas con un hilo, chocando unas con otras. Raro, raro, hace un rato nomás una voz conocida y sufriente me dejó un mensaje en el contestador: “sabés, una mala noticia, un accidente anoche, yendo para Rosario a un Congreso, en la ruta se mató Silvia Pizarro, lo único que sé es que la velan esta tarde”.

Silvia Pizarro, abogada, 33 años, sin pareja, una hija, cara de niña con pelo castaño y ojos mielados, sonrisa prolija, honesta de moral miedosa y visceral, simple, lógica, suave, buena gente. Nunca me detuve mucho en ella porque sus prudencias, sus sencilleces, sus razonamientos de ping pong tal vez me aburrían un poco, me adormecían, me ponían ese piloto automático que se deja para los diálogos convencionales, pero aún con eso verla siempre era algo apacible que hacía hasta a la estética del momento, y nos encontrábamos cada tanto, cada semanas, por ser parte ambas de una Comisión de estudio de nuestro Colegio profesional. No sé si pasó un mes desde esa mañana de sol en que me tomé un café con ella en la confitería del Foro, y me dijo que estaba muy angustiada, muy deprimida, “y, no, – me decía – no hago juego con el sol que hay, ves, qué le voy a hacer si en el Estudio donde estoy trabajando el colega que es dueño se jubila, y ya me anticipó que me tengo que ir. Se terminó sueldo y porcentaje, yo no tengo trabajo propio, no tengo clientes, los cargos son siempre para los conocidos, estoy pasando un momento horrible, horrible, nunca me sentí tan mal, el fracaso me tiró al piso y no veo ninguna salida, sabés, hoy no me quería ni levantar, estuve pensando en ir a ver a un psicólogo, me cobra 45 pesos la consulta así que le voy a pedir plata a mi papá porque yo no tengo ni para pagar este café que me vas a tener que invitar”.

Y yo, como siempre haciéndome la graciosa, la que reflexiona en la desgracia, la de la agudeza intermitente, le dije:_ “Pero si no tenés plata para vivir, no podés andar invirtiendo esa plata en terapias, después te vas a sentir peor”

Ella me dijo: _“¿Pero vos no decís siempre que la salud mental es re importante y que todos deberíamos tener asistencia psicológica?”

“Y, sí, – le dije -pero yo en realidad, viste. . . tengo la idea de que al psicólogo hay que ir cuando uno anda bien”

Se rió. Se rió con ruido a agua, a muchas pelotitas de vidrio chocando unas con otras.

Me suenan todavía, me gritan a lo bruto, me desgranan sus quejas en el aire, me tapan el mensaje que me habla de la ruta, que me dice que la velan esta tarde.

Página siguiente »