Por más que quiero, no puedo, Elisa, no te entiendo.

Me acostumbré a admirar la ética impecable de tu proyecto, la inteligencia preclara de tu debate, la brillantéz con que abrochaste siempre los cuestionamientos más rigurosos, la dignidad de tu respuesta a la crítica y al exacerbo de tus enanos opositores.

Mi maltrecho cerebro puede procesar hasta a duras penas la incongruencia, hasta a duras penas el aristocrático linaje de tu “incorporación Olivera”, pero tiene una profunda inoperancia a la hora de “comprentender”, diría el poeta, el fogonazo de lo insólito.

Y decir que respaldarás la candidatura de Lopez Murphy por considerarlo perteneciente a la “derecha decente”, me remite a tanto planteo filosófico acerca de la contradicción entre derecha y decencia, con conclusiones casualmente tuyas, llorosamente tuyas, amargamente tuyas, compartidamente tuyas, que lo mío debe ser una negación, porque cualquier intento más arduo por entenderte me pondría, sin dudas, en el tránsito riesgoso por esa delgada línea que suele dividir lo insólito con lo esotérico mismo, para arrastrame al voluntarismo alegre habido en la superstición. Y debe ser que no puedo, Elisa, porque eso significaría, en el delirio, perder de vista al verdadero enemigo, a su exponente bizarro, mediocre y local.

A su canina representación.
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