Porque el idioma tiene estas cosas, y la mediocre mentalidad circundante ha sabido adaptarlo a sus miserias, la expresión “cornudo/a” resulta un insulto inexplicable. Eso, aún cuando se supone que esa calidad de tal proviene de “algo” que a uno le hicieron, no que uno ha hecho. La traición, con toda la carga de ruindad y de vejación que implica, trae consigo no solamente el asombro, la amargura, el destrozo y la desilusión para el traicionado: también hay un plus en la sórdida ironía del juicio ajeno que recae absurdamente, no ya sobre el perpetrador, sobre el abusador del sentimiento ajeno, sino sobre la buena fé, consensuado hasta en niveles de religiosidad si el pisoteado siempre es el caído, si al que se crucifica es al Cristo.
Y sí, a aquel del que se sabe ha sido traicionado, le cabe a la hora de las charlas, o a la hora del enojo de los demás (enojo proveniente de razones cualesquiera) la aplicación de este insulto, de esta vituperación que llena de indignidad, y que remonta a la más brutal injusticia, porque es obvio que el cornudo/a no ha participado (al contrario!) de la traición que es la que debería ser objetada en realidad, y sobre la que hay, en el mejor de los casos, nada más que un ceño fruncido y un reproche. El cornudo ha estado fuera y sufrido como víctima el acto de cornudéz. En el fondo, hay un sustrato que remite a un mecanismo habitual, y que recuerda al “algo habrá hecho”, de ciertos no tan lejanos tiempos, y al de que la violaron pero andaba con minifaldas. Hay, sí, como un regodeo un poco sádico de convalidación de castigos que son siempre para otros porque han sido buscados conciente o inconscientemente, y que por eso son merecidos. Ese merecimiento, que no tiene una lógica sustancial y que por eso no se dice abiertamente, se vomita en la violencia de la palabra: “es esto, es aquello, y además es un cornudo”
En la señalización del cornudismo, está, por supuesto, la necesidad de refrendar un cierto equilibrio de las culpas, para poder así justificar la inmediata simpatía que produce en el imaginario social medio la acción astuta y “vivilla” del corneador/a: si la “cornuda” es ella, seguro que no era buena amante, o que estaba gorda, o que era más “madre que mujer”, o que “no lo supo cuidar”, o que él “salió a buscar lo que no tenía con ella”, etcétera. Y si el cornudo es él, es porque “trabajaba demasiado”, “no la atendía”, “no estaba nunca” y otras lindezas, con el agregado en este último caso, de que en el comentario machistoide figura por lo bajo la apreciación de la dudosa moral de la cuerneadora, pero no por la traición en sí misma, sino por andar probando lo prohibido: el placer, en ella, sí es de alguna manera castigado.

De hecho, al parecer, el desafío ( y lo que demuestra al mundo que somos completos, respetados y dignos de que nos amen verdaderamente), es que no nos cuerneen. Incluso, si nos cuernean, el no haberlo sabido, el no haberlo advertido, siempre se presume falso: se supone que uno debe tener en claro que lo están traicionando, “ me vas a decir que no se daba cuenta”, lo que no se entiende es el por qué del placer que el entorno sospecha que existe en el traicionado de “saberse” traicionado y seguir en ese estado sin intentar revertirlo, o sin protestar. Porque si las íntimas reglas del juego preveen los cuernos, dejan de serlo en su definición engañosa, y si estas reglas no lo preveían, lo que es lógico es que el sujeto/a se subleve ante la traición del otro. O bien, dado esto último, si se insiste en disimular este estado de cosas, es obvio que no es porque no haya un profundo sufrimiento en quien es cuerneado, sino porque existen otras situaciones (niños, vinculaciones familiares, etcétera) que hacen que el cuerneado posponga inconscientemente, tal vez, el momento de entender que su vida está terminada. O bien, por qué no, la existencia de un amor desaforado de esos que hacen imposible imaginar la vida sin el otro, en cuyo caso el cuerneado es más culpable aún, porque se niega a asumir la realidad del cuerno que lo llevaría indefectiblemente a interrumpir el infinito placer (otra vez) de proseguir su idilio con el traidor amado.

En ese caso, sí, la palabra cornudo lleva ínsita con mayor vehemencia ese caudal de saña, de cuchillo sobre el moretón: la ira colectiva que quiere ver el dolor y goza con las ruinas, la frase antigua que ahí mismo deviene en furia de sentencia y en sarcasmo, aquella que cambia la puntuación: la típica “amor, con amor se paga”, que pasa a ser: “amor con amor….SE PAGA”

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