mayo 2006


Por más que quiero, no puedo, Elisa, no te entiendo.

Me acostumbré a admirar la ética impecable de tu proyecto, la inteligencia preclara de tu debate, la brillantéz con que abrochaste siempre los cuestionamientos más rigurosos, la dignidad de tu respuesta a la crítica y al exacerbo de tus enanos opositores.

Mi maltrecho cerebro puede procesar hasta a duras penas la incongruencia, hasta a duras penas el aristocrático linaje de tu “incorporación Olivera”, pero tiene una profunda inoperancia a la hora de “comprentender”, diría el poeta, el fogonazo de lo insólito.

Y decir que respaldarás la candidatura de Lopez Murphy por considerarlo perteneciente a la “derecha decente”, me remite a tanto planteo filosófico acerca de la contradicción entre derecha y decencia, con conclusiones casualmente tuyas, llorosamente tuyas, amargamente tuyas, compartidamente tuyas, que lo mío debe ser una negación, porque cualquier intento más arduo por entenderte me pondría, sin dudas, en el tránsito riesgoso por esa delgada línea que suele dividir lo insólito con lo esotérico mismo, para arrastrame al voluntarismo alegre habido en la superstición. Y debe ser que no puedo, Elisa, porque eso significaría, en el delirio, perder de vista al verdadero enemigo, a su exponente bizarro, mediocre y local.

A su canina representación.

“¡Y a ese moroso que tenemos, la semana que viene me le mandás una carta rajante!

(Frase dicha a un colega mío por un empresario local sumamente adinerado y sumamente bruto, para el cual este colega trabajaba. La frase fue dicha asentando un puñetazo sobre el escritorio, y donde dice rajante no se ha querido decir “urgente”, (porque estaba planeada para días posteriores) sino (según el colega) que esa expresión fue usada por el citado animal en el sentido de fuerte, intimidante, etcétera. Evidentemente, a alguien se la escuchó alguna vez, y él la entendió como dura y jurídica, no como de trámite inmediato.

Una analfabestia mezcla de “flagrante” (te agarré debiendo), con “partante” (partirlo en dos), esto último de la impresión que seguramente tendría el moroso por la carta (fuerte, intimidante, etcétera).

Qué se le va a hacer.

Porque el idioma tiene estas cosas, y la mediocre mentalidad circundante ha sabido adaptarlo a sus miserias, la expresión “cornudo/a” resulta un insulto inexplicable. Eso, aún cuando se supone que esa calidad de tal proviene de “algo” que a uno le hicieron, no que uno ha hecho. La traición, con toda la carga de ruindad y de vejación que implica, trae consigo no solamente el asombro, la amargura, el destrozo y la desilusión para el traicionado: también hay un plus en la sórdida ironía del juicio ajeno que recae absurdamente, no ya sobre el perpetrador, sobre el abusador del sentimiento ajeno, sino sobre la buena fé, consensuado hasta en niveles de religiosidad si el pisoteado siempre es el caído, si al que se crucifica es al Cristo.
Y sí, a aquel del que se sabe ha sido traicionado, le cabe a la hora de las charlas, o a la hora del enojo de los demás (enojo proveniente de razones cualesquiera) la aplicación de este insulto, de esta vituperación que llena de indignidad, y que remonta a la más brutal injusticia, porque es obvio que el cornudo/a no ha participado (al contrario!) de la traición que es la que debería ser objetada en realidad, y sobre la que hay, en el mejor de los casos, nada más que un ceño fruncido y un reproche. El cornudo ha estado fuera y sufrido como víctima el acto de cornudéz. En el fondo, hay un sustrato que remite a un mecanismo habitual, y que recuerda al “algo habrá hecho”, de ciertos no tan lejanos tiempos, y al de que la violaron pero andaba con minifaldas. Hay, sí, como un regodeo un poco sádico de convalidación de castigos que son siempre para otros porque han sido buscados conciente o inconscientemente, y que por eso son merecidos. Ese merecimiento, que no tiene una lógica sustancial y que por eso no se dice abiertamente, se vomita en la violencia de la palabra: “es esto, es aquello, y además es un cornudo”
En la señalización del cornudismo, está, por supuesto, la necesidad de refrendar un cierto equilibrio de las culpas, para poder así justificar la inmediata simpatía que produce en el imaginario social medio la acción astuta y “vivilla” del corneador/a: si la “cornuda” es ella, seguro que no era buena amante, o que estaba gorda, o que era más “madre que mujer”, o que “no lo supo cuidar”, o que él “salió a buscar lo que no tenía con ella”, etcétera. Y si el cornudo es él, es porque “trabajaba demasiado”, “no la atendía”, “no estaba nunca” y otras lindezas, con el agregado en este último caso, de que en el comentario machistoide figura por lo bajo la apreciación de la dudosa moral de la cuerneadora, pero no por la traición en sí misma, sino por andar probando lo prohibido: el placer, en ella, sí es de alguna manera castigado.

De hecho, al parecer, el desafío ( y lo que demuestra al mundo que somos completos, respetados y dignos de que nos amen verdaderamente), es que no nos cuerneen. Incluso, si nos cuernean, el no haberlo sabido, el no haberlo advertido, siempre se presume falso: se supone que uno debe tener en claro que lo están traicionando, “ me vas a decir que no se daba cuenta”, lo que no se entiende es el por qué del placer que el entorno sospecha que existe en el traicionado de “saberse” traicionado y seguir en ese estado sin intentar revertirlo, o sin protestar. Porque si las íntimas reglas del juego preveen los cuernos, dejan de serlo en su definición engañosa, y si estas reglas no lo preveían, lo que es lógico es que el sujeto/a se subleve ante la traición del otro. O bien, dado esto último, si se insiste en disimular este estado de cosas, es obvio que no es porque no haya un profundo sufrimiento en quien es cuerneado, sino porque existen otras situaciones (niños, vinculaciones familiares, etcétera) que hacen que el cuerneado posponga inconscientemente, tal vez, el momento de entender que su vida está terminada. O bien, por qué no, la existencia de un amor desaforado de esos que hacen imposible imaginar la vida sin el otro, en cuyo caso el cuerneado es más culpable aún, porque se niega a asumir la realidad del cuerno que lo llevaría indefectiblemente a interrumpir el infinito placer (otra vez) de proseguir su idilio con el traidor amado.

En ese caso, sí, la palabra cornudo lleva ínsita con mayor vehemencia ese caudal de saña, de cuchillo sobre el moretón: la ira colectiva que quiere ver el dolor y goza con las ruinas, la frase antigua que ahí mismo deviene en furia de sentencia y en sarcasmo, aquella que cambia la puntuación: la típica “amor, con amor se paga”, que pasa a ser: “amor con amor….SE PAGA”

Ellos pueden compaginar “la inocencia con la piel”.

Un beso cómplice desde aquí.

Pensaba exactamente en eso, en cómo una sala de audiencias se parece a la maqueta de una Iglesia, en cómo una audiencia de divorcio es algo así como una simbiosis entre una sesión de psicoanálisis y una misa en honor de un muerto, y eso que no hay sofá pero están los bancos iguales, solemnes y largos, están las cruces intimidatorias, está la trilogía del Padre con el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios verdadero en esos tres dioses momentáneos del Tribunal colegiado ahí presentes, la Biblia para jurar, la letanía del Secretario, de pie para oír a los dioses, sentados para la confesión conyugal masturbatoria, otra vez de pie para los testigos, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, a mí me contaron pero no me consta, todo el mundo lo sabía, los demandantes-demandados a los dos lados, vereda de enfrente a la Misericordia, alguien-alguienes en atenta escucha de las infimísimas tribulaciones de los infimísimos mortales a la zaga de la clemencia para su ridícula catarsis, para los llantos, para los insultos, para el purgatorio de todas las culpas, Dios, eso de la Justicia, esa cosa diletante, ajena y majestuosa, el ceño fruncido de Sus Señorías del Sufrimiento, ella se fue con otro, él me dejó por ella, Padre, Padre, por qué me has abandonado… ¿y esto cuánto me va a salir, Doctor? Cuánto para que la tríada de dioses asista a este histrionismo de lo obsceno, a la locura, al patetismo, a la diabólica mirada de la miseria puesta en las pasiones idas, al desgarro, a los harapos de los otros, a los pobres amores derrotados, al cuerpo con sus vísceras afuera, a ese cadáver maloliente, oremos, ….quien se queda con la tumba, la casa a nombre de quién, los niños ahora vivirán dónde, la paz sea con todos nosotros y con sus pequeños espíritus, fue ella, fue él, fue la otra, él con la otra, pidamos perdón y me opongo a que se le haga esa pregunta, los muebles eran míos, me negó la criatura, señor Juez, ha lugar a la protesta y quién me devuelve mi vida, señor, mi culpa, mi culpa y mi gran culpa y lo que perdí a su lado y por eso, amén, todos de pie, abogados al despacho, autos a resolución y hemos celebrado esta misa por el eterno descanso de su alma, y yo parada ahí, en algún frío lugar a los costados, firmando por los deudos retirados, me siento con una larga toga negra ensangrentada, me siento una burócrata con precio, oliendo a sepultura, llevándome otro muerto, guardando las navajas, buscando qué comer en la basura.

Canción guerrera

Beberemos agua en el cráneo del traidor.

Usaremos sus dientes como un collar,

de sus huesos haremos flautas,

de su piel haremos un tambor.

Después…

después bailaremos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Página siguiente »