Javo me ha respondido  a un relato que le envié,  de un suceso que me aconteció anteayer  nomás, y me ha escrito  algo que dice:

Silvia;

Todos los días pasan cosas asombrosas y todos los días comienza una historia digna de ser contada. Al menos eso quiere creer el lado naif de mi personalidad. El otro lado, más mundano, me recuerda que cuando la esperanza en la naturaleza amable de la gente se ve defraudada, entonces siempre puede hacerse algo para inspirarles un poco de temeroso respeto. De cualquier manera, los dos lados se niegan categóricamente a darse por vencidos. “

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Y yo siento tan en carne propia sus palabras, tan nítidamente esto  que a él le pasa,  que no sé por qué…hasta me dá vergüenza.

Las cuatro de la tarde de un día tórrido, y acaba de llegar, bañada por el sudor de un día terrible y con la piel morena más bruñida aún por las cuadras caminadas, Graciela, mi empleada doméstica, una criolla robusta y bonachona que por supuesto habla de sí misma en esa categorización, “empleada”, sabiendo a partir de mí que no merece (nadie) el apelativo vulgar de “sirvienta” que tanta gente usa  como fácil denominador para quienes trabajan como ella. Viene, como suele hacerlo a veces, con su nieta llamada Celeste.

Es muy joven Graciela, aunque su aspecto sufrido y rudo y los siete añitos de Celeste desconciertan;   madre precoz y a la sazón abuela antes de los cuarenta, apenas un clásico de los avatares tempranos comunes de la marginalidad en la que le ha tocado vivir. Hablamos ambas de vidrios para limpiar, de ropa para lavar y de plumeros que hay que renovar, y ahí, justo ahí te aparecés, descalzo y con el shorcito azul ése que deja en muestrario tu delgadéz de niñito difícil que come solamente lo que elige. No sé por qué, algo en tu ceño fruncido y en tu expresión de advertencia repentina me palpita extrañamente. Aspie, te conozco hasta en los preludios.

Irrumpís en la conversación sin saludar a nadie, mirás alternativamente a abuela y nieta, y así, sin anestesias, y con una cierta extrañeza reflexiva, les decís a ambas:

“_Pero…¿por qué SIENTO que Ustedes dos son POBRES ?”


Nuestras adultas bocas se silencian, y se perfilan en una atónita “O”.

Y yo SIENTO, Dios…(yo también SIENTO) …la necesidad de un mágico botón autopulverizante, o tal vez de un gran agujero, también en “O”, allí nomás, en el medio, que me trague como en los dibujitos esos que te gustan, como los de tus inventos. Como aquello imprevisible y salvador que pasa en tus películas, sí, como en tus siniestros, extraños  y archirelatados cuentos.

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———————————-——————”Aspergers: Uno cada 1.300

————————————————-http://apirronarse.com.ar/asperger/ (¡ Gracias, Vad…!)

En Cine Club, a veces y últimamente, me suelo encontrar con sorpresas admirables como ésta. Ahí está en cartelera “ La culpa de Fidel”, ópera prima de la realizadora Julie Costa Gavras, hija del popular director griego de cine, Costa Gavras Revolución para afuera y Revolución para adentro, para afuera con el coraje y la resolución plausible de los idealistas que se debían la posibilidad de poner un dejo de redención o de segunda oportunidad a la impronta de sus vidas. Y hacia adentro, mal manejada por ese mismo par de padres confusos que, entre otras arrebatadas decisiones en las que la infancia es solamente receptor y apéndice de los cambios ideológicos, sin derecho a respuestas coherentes y definidas, imponen un modelo nuevo abruptamente y sin la menor pedagogía, pretendiendo amoldamientos instantáneos e  ignorando de ex-profeso el  sufrimiento filial, entregándolo, por qué no, a la causa.

Una escena me resume, tal vez, la hora y media de butaca. Allí cuando en la mitad, esos padres llevan a Ana, con sólo nueve años de una vida hasta ayer burguesa y acomodada que ha debido trocar de manera repentina y sin anestesias, a una manifestación política para mostrarle lo que es “el espíritu de grupo”. Allí, llegando, con la cámara tomando la escena desde abajo, desde la altura de Ana (su mundo de nueve años visto desde abajo) las piernas de todos son árboles sofocantes, los gritos de protesta la aturden, la aterran, la enloquecen y más luego, cuando todo se desmadra, el miedo y los gases lacrimógenos la paralizan a punto tal que alguien debe arrastrarla para alejarse de la policía que reprime. Ella, después, sin entender, abrumada todavía, le reprocha ese momento atroz, esa vivencia cuyo sentido no existe para ella, a su padre devenido contestatario. Y él le replica a los gritos que aunque ahora no lo comprenda, ESTO se hace también POR ELLA.

–“-¿¿¿ POR MI ???”—le responde y le pregunta con un cuasi alarido  desafiante Ana, estupefacta en una niñez donde el laconismo torpe y tácito de las explicaciones adultas las hace precisamente infantiles, inseguras, incompletas…ilógicas para su pequeña vida con  resabio de aula católica reciente.

No hay respuesta tampoco aquí, en su padre valiente, hombre nuevo empecinado ahora en el cambio social pero incomunicante para aquella a quien crió hasta ayer nomás con otras pautas. Y la cámara sigue sus pasos nerviosos y remata su portazo. Si ya antes para Ana era difícil crecer, a partir de allí hay que seguir intentándolo con ella, como un espectador solidario, arrastrando la retórica hasta la escena final.

Y ponerse a llorar cuando llega.

En el primer acto, alguien desangra y junta dignamente  sus pedazos autoconvocados.  Todo lo aciago, lo injusto y lo sufrido toma la  forma de la aceptación inmediata e insoluble de la renuncia que viene, paradójicamente, asombrosamente, de la vereda de enfrente, ahí donde laten las más inexplicables, las más sórdidas arengas de capa y espada resumibles en carta abierta, en disfraz, en risa mordáz de previsible chicotazo y despedida.

En el segundo acto, otro se inclina. Musita la Gran Disculpa, el paso atrás, al costado, a la lágrima contenida. La intensidad, la promesa.  Alguien entiende, vagamente entonces, ingenuamente entonces, que es probable que exista un recóndito lugar intacto al que acudir en displicencia, en busca de la belleza indiscutida e indiscutible, allí donde todo está dicho desde antes del principio, y la ofrenda pecaminosa,  pueril y efímera es una excusa indecente y un vino en sorbos, de a poco, a la luz de la luna llena de agua que se mira por la ventana de una vieja cantina intransitada. El después del contacto profundo ratifica, pero la devolución impensada, la jamás imaginada,  tarda poco:     pocas horas luego, con la piel aún despertando  y esta vez sin disfráz, sin tiempo prudencial para la lluvia de hielo en un fono  estupefacto, en imprevisible chicotazo y despedida.

De tenazas, de amenazas, de cristales…¡de frenazos!… de tijeras, de escaleras que se acaban por bajar.  Intolerable, incomprendido, sin sentido, como sables, como dos desconocidos, que al final llegó el final. Compartido, envenenado. Enloquecido.

-

-

Tanto, tanto, demasiado.

totem

“Dejalas partir. Afuera

la hora azul puso de noche al mundo

Y en la plaza del hombre se cardan las tareas

cotidianas, domésticas..

Se comentan los hechos…se retejen los usos

con que cerramos el día.

Dejalas partir porque

haya estrellas, o luna, o nubes, siempre habrá coro de gatos

con su canon de perros.

Y gente por la calle diciendo qué calor, si es verano,

qué frío si es invierno.


Dejalas, ya está….¿no lo ves?:

algunos escribimos.

Todos seguimos esperando.”



- — – — - ——————–(Gracias, Horacio…siempre conmigo.)

-- ¡Mami, comprame eso! ¡Dale, comprámelo!

– No.

– Por favor, comprámelo. Ví que tenés dinero…

–Ya te dije que no. No es por el dinero, es porque pedís todo… Sos un mocoso malcriado.

–Claro, ya veo…no querés mi felicidad…(con voz trémula teatralizada)

--Pero Patri…¿qué decís?…por supuesto que quiero tu felicidad…

–Bueno, ahí está, eso me hace felíz…¡entonces comprámelo!

-

-

- – - – - – - – - – - —– – - – - – - – - – - – - “Cada 1300 personas nace un Asperger”

Patricio está fascinado con los “gates”.

¿Qué son los gates? El lo escribe así: “gates”. Escribe y pronuncia como el apellido de su (dicen) co-asperger Bill.

Así lo he visto escrito en un chat que sostuvo con un amigo (yo suelo cometer esa infidencia con Patricio…espío sus conversaciones en el chat, en una especie de seguimiento espúreo y vergonzante que me autojustifico por el afán obsesivo de seguir intentando, como toda mi vida, develar qué hay en esa extraña cabeza).

Parece ser que los “gates” son los gays. Homosexuales. Seguramente el chiquilín debe creer que así se escribe en ingles: que “gay” se escribe “gate”.  Por eso Patricio cuando habla dice: LOS GUEITS, y pone el acento marcando la “TS”.  Cuando se refiere a uno solo, el peso cae en la “EIT”: GUEIT.

En el chat con su amigo, Patri dice que los gates son “inmunes” (sic) a lo que la gente diga, porque ellos “adoran” a los hombres, y no a las mujeres, como deberían, (“deberían”) y no les importa que los critiquen. Así son los gates. Los admira por transgresores, por “desinportadores de críticas”, (sic), le llaman mucho la atención…pero a la vez no los entiende. “Porque–(le dice a su amiguito) cómo pueden preferir a los hombres, hay tantas chicas hermosas en televisión…chicas que salen “en pechos”, chicas que salen en “bragas”…aahhh…o esas que se ponen “UN BIKINI” a propósito..para “exaltarnos” a los que no somos “gates”.

Me morí de lejanía, de impresión. Sabía–me explicó el Doctor–esto de los aspies con su idioma propio, el tono particular, la invención de los conceptos, el discurso extraño, la solemnidad de los tonos…y he recogido desde los tres años balbuceos intercalados, palabras absurdas, híbridas, perfectas y asombrosamente apropiadas.-

Me sorprende ahora sí, la vertiente de interés, lucubraciones sexuales y cuántas alternativas televisivas. Para Patricio, nueve años, Síndrome de Asperger, una verdadera galería de sabores.

Me morí en esa distancia repentina de bebecito crecido, mirando a, y optando por, tan libre como nunca dicho por los otros, la vida “en pechos”, en “bragas”…la vida entera por delante y como quieras, como decidas.

Como decidas, siempre.

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————————————–” Aspergers: uno cada 1300″


Me he dormido anoche con los párpados apretados: no veo. Un olor a lavanda inunda el sueño que se viene, el pelo se me enrieda en la caricia dulcísima de una mano imaginaria. Me abrazo a mí misma desesperadamente como si eso fuera. Que nadie lo intente porque se va a encontrar conmigo. Construyo despacio y ese fuego que yo solamente enciendo crepita de mi parte, soy capáz de eso mismo, para que la otra parte lo entienda de una buena vez. Qué pasa que me miro y me conozco.

Qué pasa.

Pasa por fin yo, que aviso: eso muerde.

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