En el primer acto, alguien desangra y junta dignamente  sus pedazos autoconvocados.  Todo lo aciago, lo injusto y lo sufrido toma la  forma de la aceptación inmediata e insoluble de la renuncia que viene, paradójicamente, asombrosamente, de la vereda de enfrente, ahí donde laten las más inexplicables, las más sórdidas arengas de capa y espada resumibles en carta abierta, en disfraz, en risa mordáz de previsible chicotazo y despedida.

En el segundo acto, otro se inclina. Musita la Gran Disculpa, el paso atrás, al costado, a la lágrima contenida. La intensidad, la promesa.  Alguien entiende, vagamente entonces, ingenuamente entonces, que es probable que exista un recóndito lugar intacto al que acudir en displicencia, en busca de la belleza indiscutida e indiscutible, allí donde todo está dicho desde antes del principio, y la ofrenda pecaminosa,  pueril y efímera es una excusa indecente y un vino en sorbos, de a poco, a la luz de la luna llena de agua que se mira por la ventana de una vieja cantina intransitada. El después del contacto profundo ratifica, pero la devolución impensada, la jamás imaginada,  tarda poco:     pocas horas luego, con la piel aún despertando  y esta vez sin disfráz, sin tiempo prudencial para la lluvia de hielo en un fono  estupefacto, en imprevisible chicotazo y despedida.