“La verdad…yo nunca me enamoré tanto”, supo decir una compañera mía, moviendo la cabeza pensativamente, mientras leía en el diario la noticia de una mujer que se había suicidado a causa del abandono de su amante. Ese “tanto” espontáneo y visceral, chupando la bombilla del mate recién cebado sobre el escritorio, despertó las nerviosas risas ajenas y parecía caerse del final de la frase: una desnaturalización verbalizada-pensé- de un sentimiento clásico, porque enamorarse es un concepto de esos que se agotan en sí mismos y que implican el absoluto de lo que definen: o sea, se supone que uno se enamora y no es “tanto” o ni está “más o menos enamorado”, como se supone que no se puede, por ejemplo, estar ”muy” embarazada o “un poquito detenido” (como me dijo un cliente una vez, llamándome por teléfono desde una comisaría). Uno se enamora y está o no está, sin admisiones grises, según dicen los entendidos en esas leyes amoriles: a partir de ahí, todo lo que minimice o atenúe o inclusive exagere esa verdad de pétrea intensidad obligada, de sacra tragedia, suena absurdo, irrisorio y descolgado. Pero yo, que he amado a algunas personas de maneras ambiguas, cuando digo “enamorarme” me viene a la cabeza un estado como de sopor obsesivo, motivante pero incómodo que creo que sí he podido medir en forma cuasi hereje, lo he podido calcular y categorizar en: poco, mucho, tanto, apenas o más o menos.
-”Sin embargo – me dijo alguien-vos lo analizás mucho pero yo creo que Fulano fue el amor de tu vida”.-
-”No-contesté-me parece que lo quise como una madre, pero no fue el amor de mi vida.
-”¿Y entonces quién fue?”
-”Nadie, no tuve. No tuve amor de mi vida”
Hubiera sido mejor decir que no tuve orígenes, familia, ojos, capacidad psicomotriz: el asombro infinito en perfecta alquimia con la compasión que capté en esos ojos atónitos y representativos me dejó latente la sensación de que estas confesiones dan lugar a una inexplicable ofensa pública, como que existen ciertas irreversibilidades en el imaginario amoroso colectivo puntual, que en caso de no cumplirse, nos hacen pobres parias emocionales, hacen que quedemos afuera de lo que los otros entienden que debemos sentir y que debe pasarnos o habernos pasado.
Quedar afuera es eso: percibir en la mirada ajena que hay más muertes que las que uno puede morir.